Posteado por: Santi López-Villa | 4 Octubre, 2008

En busca del Oso – Capítulo VI: “Perdidos en el bosque…”

Siempre he pensado que cuando no hay luz que te alumbre, es cuando tiene que brillar más que nunca la luz propia: la luz de uno mismo.

El día siguiente comenzó soleado y alegre. Los temores por el oso acosador de ovejas, habían disminuido en aquel pueblo. Pasé el día siguiendo mi ruta trazada la noche anterior.

Después de comer en un paradisíaco lugar, pensé en la posibilidad de adentrarme en uno de los bosques más bellos que había en aquella comarca pirenaica.

No tenía muy claro si tendría suficiente luz del día o se me echaría la noche encima. Así, que abrí el maletero del coche y cargué en mi mochila un saco de dormir y algo para comer.

La entrada en aquél bosque era tan impresionante… Cientos de abetos enormes, que tan tupidos, impedían la entrada del sol bajo sus ramas. Adentrarse en aquella frondosidad suponía dejar de ver la luz del día

- ¿Cómo sería de noche si de día era tan oscuro? – Pensé yo.

Comencé a subir camino arriba, y así que me adentraba entre aquellos troncos, un ocaso de luz se cernía tras mis pasos. Hasta el silencio cobraba otro valor en aquel espacio que no dejaba entrar más sonido que el propio de los animales y el viento que allí paseaban. Sin embargo, he de reconocer que las sensaciones eran tan bellas, inmensas y salvajes. Todo hacía estremecer: Vida en estado puro, un regalo para el espíritu.

Fueron tantas las imágenes que me sorprendieron, que no pude evitar pensar que una morada como aquella no podía ser otra que la de mi amigo oso. ¡Qué listo el colega! Un rey con reino, un ser libre en un paraje profundo y bello.

Sin darme cuenta, el sol se desanimó del todo a continuar intentando traspasar las intraspasables ramas de aquel jardín natural y finalmente se fue al otro hemisferio del planeta a probar suerte. Y efectivamente, si antes había poca luz, ahora no había ninguna.

Creo que un atisbo de miedo me sobrecogió, pues ya estaba muy lejos de la civilización, y mis recursos eran mi cuerpo y el contenido de la mochila. Me sentí como cuando alguien entra a hurtadillas en casa de alguien a quien no conoce. Me sentí como en la casa de otro ser, al que no había pedido permiso para entrar. La verdad es que tuve miedo.

Sin embargo, continué con una linterna mi camino para encontrar un lugar seguro donde poder dormir aquella noche. Siempre he pensado que cuando no hay luz que te alumbre, es cuando tiene que brillar más que nunca la luz propia: la luz de uno mismo.

Y el tiempo pasaba y el cansancio aumentaba… y la luz (más bien la batería), desfallecía. Más que nunca entendí lo importante que es garantizar el combustible de nuestra luz propia… yo no lo hice, y sobre las 11 de la noche, cuando más frío y más ensombrecido estaba aquel profundísimo valle, me quedé totalmente oscurecido y sin poder dar un paso en ninguna dirección.

Y el miedo aumentaba… Cualquier ruido me hacía alertar. Tuve que hacer esfuerzos para controlar mi estado de atención, pero te aseguro que no siempre lo conseguía. Mi esperanza era pasar desapercibido y esperar a la mañana a que volviese el sol a iluminar mi viaje.

Mi estado de nervios era ya tan grande que finalmente me puse a caminar a tientas. No podía pasar más tiempo en aquella situación, detenido y anclado en aquel lugar. Por supuesto, sin poder consultar mi mapa, ni poder ver hacia donde iba, aún me perdí más y aún más empeoró la situación. Sin embargo, poco imaginaba yo que lo más emocionante aún estaba por suceder.

Por fin me calmé un poco y pensé en todo aquello que me podría perder si continuaba haciendo caso al eco de mis miedos. Rápidamente desplegué el saco de dormir y me introduje dentro. Me hice un hueco entre ramas y hojas y me envolví entre ellas y me quedé quieto, escuchando la naturaleza y tranquilizando al miedo. Estaba tan cansado y asustado que no podía conciliar el sueño.

Sin embargo, cuando más perdido en mi conciencia estaba, algo sucedió. Una mezcla de sueño y cansancio hizo surgir un efecto en mí que me hizo entrar en una profunda y agradable sensación de bienestar. Comencé a oír pequeños sonidos que parecían, en su sonar, una bonita melodía. Centré allí mi atención, pues me parecieron tan agradables y tan cercanos que parecía que estuviesen hechos para mí. Me giré hacia un costado para oírlos mejor y efectivamente, era una dulzura escuchar tan sencilla canción. Enseguida comencé a percibir otros sonidos que sonaban acompasados como si estuviesen coordinados, como si tocasen a la vez. Mi miedo iba saliendo de mí, hipnotizado por aquella melodía y se iba poniendo a un costado: pude sentir como salía… Sin embargo no quise que se fuese del todo, pues era mio, y tenía muchas cosas que contarme de mí. Le pedí que se quedase a escuchar en la cada vez menos oscura noche, aquella sinfonía que tocaba para nosotros.

He de reconocer que se estaba tan bien… Fue una sensación de paz tan grande que no pude remediar olvidar todos mis pesares y pánicos y entregarme a aquel delicioso y agradable momento que se mostraba ante mí.

Y ahora que recuerdo: me olvidé totalmente del oso. Ya no era necesario encontrarlo: lo que había hallado era tan increíble que cualquier expectativa se quedaba corta.

La última imagen que vieron mis ojos fue la de una mirada que robé al cielo para hacerme con el brillo de su más estrellado firmamento… Un mar de emociones maravillosas me envolvió y me abrió la mirada a tan increíble paisaje de sonidos y tal sonora orquesta de bellísimas sensaciones.

Todo se veía tan increíblemente bello… Me sentí, no un ajeno, sino un aceptado. Como si volviese a casa después de mucho tiempo de haber estado fuera. Superada la puerta del miedo, sólo quedaba la acogida que tan gigante y bondadoso lugar me ofrecía con generosidad, como a uno más.

Y en medio de aquel increíble abrazo que aquel lugar me prestó, quedé totalmente dormido y acurrucado, mecido y acunado por las más bellas nanas y caricias de cualquiera de las muchísimas manifestaciones de afecto que aquella montaña me dio.

Me sentí más seguro y más protegido que nunca. Una sensación de paz me acabó llevando al más profundo y agradable sueño…

Un hermoso e invisible valle me envolvía amorosamente y me hundía en su profundidad para dormirme en su abrazo. Y el miedo durmió tranquilo a mi lado, sin la necesidad de poseerme. Mi miedo y yo nos hicimos amigos.

 

(el final, el día 8 de octubre entre a las 11:30 am i las 17:30 pm…)

Posteado por: Santi López-Villa | 14 Septiembre, 2008

En busca del Oso – Capítulo V: “Cuando suenan las campanas a media noche”

En toda historia y en todo proyecto hay siempre una primera noche.

Ya llevaba muchas horas conduciendo y era muy tarde, cuando llegué a un precioso pueblecito en la comarca del Pallars, a 5 kilómetros de Sort. Es uno de aquellos lugares que figura en pocos mapas, donde no hay cobertura para el teléfono y donde la naturaleza y el hombre hacen las paces por su cercanía y respeto.

Así que aparqué en la misma carretera, bajé del coche y comprobé que hacía un frío intenso. La noche abierta y repletísima de estrellas endulzaba la sensación helada a las 12 de la noche, en pleno pirineo a más de 900 metros de altitud. Sin pensarlo mucho, cogí mis cosas y corrí veloz adentrándome en aquel antiguo poblado de pastores. Fui corriendo hasta la minúscula plaza, donde estaba mi anhelado refugio, donde me suelo esconder de la rapidez urbana barcelonesa.

No había ni una sola luz encendida en ninguna de las ventanas del pueblo. Todo era oscuridad alumbrada por una solemne luna. Abrí la puerta a prisa, pues el frío me helaba las manos. Así que entré y pude encender la luz, tuve una sensación de “estar en casa”, y de tranquilidad deseada, de aquellas que te alegran la llegada.

Fui abriendo las ventanas de todo el apartamento para que entrase al amanecer toda la luz que quisiera entrar. Había que estar preparado por si el sol salía al día siguiente y poderlo recibir como se merece. Una ducha caliente, un colacao con pijama y sofá y un buen libro, acariciaron los últimos momentos antes de ir a mi habitación a descansar.

Antes, cogí un mapa y tracé la ruta de la búsqueda del día siguiente. Debía de ser un itinerario que me llevase hasta mi apreciado amigo plantígrado. Ya había señalado los lugares, los caminos, los horarios, cuando pensé que ya era hora de meterme entre las sábanas de mi cama y dejar que llegase un nuevo día.

Ya tenía la luz de la mesita apagada y la almohada prestaba sitio a mis mejillas cuando me entregué al crepúsculo del sueño que se cernía sobre mí. El silencio de la frondosa noche pirenaica no dejaba oír más que el sigilo del sueño que se iba acercando.

Sin embargo, cuando estaba ya a punto de dormir, oí un ruido. Me alerté, pues allí no es normal oír voces humanas a aquellas horas. De repente comenzó a sonar la campana de la iglesia. Me puse unos vaqueros, una camiseta mal puesta y una chaqueta de esquí y salí deprisa a ver qué sucedía. Había unos cuantos vecinos del pueblo y otros que habían venido de los alrededores, en la plaza. Iban con linternas, cuerdas y estaban bien equipados.

- ¿Qué sucede? Pregunté a un hombre al que conocía.

- Parece ser que hay un oso merodeando por el cañal de abajo. No pasa nada, puedes ir a dormir tranquilo.

- ¡De verdad! ¡No me lo puedo creer! – Dije yo emocionado… aunque disimulando un poco, pues para los pastores no es una buena noticia que el oso se acerque por sus territorios.

- ¿Y lo habéis visto? – volví a preguntar.

- Ahora venimos de allí, pero no hemos visto nada. Suponemos que al presentir a los hombres ha huido… bueno, creo que ya ha pasado todo. Vamos a descansar y mañana será otro día.

- Buenas noches Xavier – le dije.

- Buenas noches Santi, me alegra que hayas venido estos días por aquí, ya hablamos mañana.

Y así acabó mi primera noche de búsqueda.

Cuando menos te lo esperas, aparece una señal que dice que tu anhelo está cerca.

Aquella noche fui a dormir con una sonrisa interior, de aquellas que te hacen soñar inmensamente. Fue muy bello pensar que mientras yo dormía, él ya paseaba muy cerca, por los bosques donde yo ya soñaba.

(continuará…)

Para el viaje:

  • Para los seres humanos es importante tener la sensación de “llegar a casa”. Largo puede ser el camino, interesante, aburrido, corto, inesperado o programado, pero es bueno que acabe con la sensación de “haber llegado a casa”.
  • Que entre luz en casa, suele ser algo muy normal cuando uno tiene abiertas las ventanas. Si nos olvidamos de abrirlas, por muy reluciente que esté el sol, nuestra vida será oscura y tenebrosa. Ojalá sepamos estar atentos y acordarnos abrir todas las ventanas que podamos en nuestras vidas y podamos tener vidas cálidas y plenas de luz.
  • Un mapa es un buen sistema para emprender un camino. Procura tener mapas, objetivos, destinos que te apasionen. Prepáralos por la noche antes de ir dormir… suelen ser buenos momentos de recogimiento, de complicidad y cercanía; así podrás soñar con ellos y te prepararán para levantarte con energía, motivación y vitalidad y despertar al nuevo día. El sueño nos predispone…
  • Estate atento/a, pues en el momento más inesperado, cuando ya no esperabas nada, la noche estaba más cernida y el silencio más adormecido, aparece una nueva señal que te acerca más a tu anhelo y te dice que ya estás cerca.
Posteado por: Santi López-Villa | 4 Septiembre, 2008

En busca del Oso – Capítulo IV: “Una Iglesia con forma de huevo”

¿Quién, en la búsqueda de un oso, no ha encontrado alguna vez una iglesia con forma de huevo?

La iglesia de Pont de Suert es de una construcción muy especial. De aquellas que es imposible obviar.

Iba yo por la calle comiéndome un increíble bocadillo de queso pirenaico (de aquellos en que cada mordisco te acerca tres pasos al cielo) cuando me vi ante aquella fachada tan estética como espectacular. Con la boca entreabierta y con el pase al cielo en forma de queso y pan, me quedé admirado ante aquella iglesia tan espléndida. Rápidamente me guardé la comida en la mochila y me dispuse a entrar. No me podía perder aquel recinto sacro.

La puerta es muy pequeña comparada con la majestuosidad de la fachada. Tuve que entrar girado, pues mi bolsa y yo no cogíamos de frente. Así que una vez dentro me dirigí hacia un lateral y me dispuse a recorrerla para no perderme detalle. Poco a poco fui llegando al altar, donde el techo se hundía hacia arriba como si quisiese arañar el cielo. Fui dejándolo atrás y comencé a volver por el otro lateral hacia la puerta de salida. Y cuando estaba llegando a la mitad de la nave, vi como se abría a mi derecha una puerta que daba entrada a una capilla preciosa.

Sinceramente era alucinante la forma que tenía: ¡tenía forma de huevo!. ¡Era como si estuviese en el interior de un huevo! Había un solo asiento que daba toda la vuelta en su perímetro redondeado. El asiento sólo se interrumpía en la entrada de la capilla y en el pequeño altar que quedaba justo enfrente de la puerta. Me pareció tan sublime la idea que no pude resistir el quedarme allí un rato y contemplar tan maravilloso concepto.

Así que pasaba el tiempo, una mezcla de cansancio y placidez, invadieron mi cuerpo y me hicieron contemplar la idea de quedarme un rato más. Por lo que me senté justo entrando a la izquierda. El silencio y el reposo que siempre me han prestado las iglesias y catedrales, me han brindado grandes y epopéyicas siestas en las muy diferentes y diversas que he visitado en mis viajes. Por supuesto, sin mencionar las espirituales sensaciones y experiencias que he podido recoger en cada una de ellas. Pero en este caso, fue sueño: un dulce y deseado sueño, que no por ser sueño fue menos sublime o menos humano.

Y el tiempo pasó… hasta que un murmullo de una voz dulce y delgada comenzó a sonar en mis oídos. Poco a poco esa voz comenzó a despertar mis ojos somnolientos. Sin embargo, algo extraño sucedió. Cuando miré hacia mi lado izquierdo, que era de donde provenían las voces… no vi a nadie. Por un momento pensé que era una alucinación propia del sueño, pero no lo era. Me asusté, pues el sonido venía de un lugar de la capilla en el que no había absolutamente nadie. Mi corazón comenzó a acelerarse por momentos.  Cuando algo escapa a la lógica razón, el miedo y la alerta toman el control… qué curioso ¿verdad? Cuanta más razón y lógica hacen falta, las suplimos por miedo y angustia… Cosas que tenemos los humanos.

Sin embargo, así que fueron pasando los segundos, se me ocurrió pensar en lo que decían aquellas palabras venidas de quien sabe donde. Hasta ese momento sólo me había preocupado de que aquellas palabras no tenían una boca visible de emisión. Sin embargo no me había preocupado qué era lo que me decían aquellos verbos.

Es curioso: es justo lo que hacemos con las personas que vienen de lejos: nos preocupamos más por su procedencia que de aquello que nos pueden decir y aportar… tenemos miedo al fin y al cabo.

Era una voz muy bella. Un murmullo sutil. Una belleza que sólo se puede percibir cuando decides darle una oportunidad. Era una voz muy dulce: una dulzura que sólo se puede deleitar cuando hay sensibilidad para disfrutarla. Era suave y muy clara y flojita a la vez. Una voz que enamoraba y que así que la dejaba sonar me iba estremeciendo por dentro. Era tan agradable aquél musitado sonido…

Iba llegando de algún lugar lejano y que por más que miraba a mi izquierda, de donde provenía, no lograba encontrar su boca. Finalmente, noté como la puerta se abría a mi derecha. Me giré y vi lo que tanto me había intrigado: era una abuelita que hablaba susurrando una oración. Todo estaba explicado: su voz recorría en círculo toda la pared y cualquier sonido que se emitía hacia la derecha, iba recorriendo todo el perímetro de la capilla hasta llegar al lado izquierdo de ésta. Era un efecto acústico maravilloso. La abuelita, en su oración, decía cosas importantes para ella. De toda su plegaria, no pude evitar recordar tres frases que anoté en mi cuaderno. Poco imaginaba cuanto me iban a servir en mi búsqueda aquellas tres anotaciones.

Salí en silencio de aquel lugar, y de nuevo, bajo un hermoso sol de media tarde, proseguí con mi suculento bocadillo hasta llegar al coche, en el que continué el viaje, que ya me adentraba en el corazón de los más frondosos y perdidos pirineos.

(continuará…)

Para el viaje:

  • Cada vez que no entendemos algo y que nuestro mundo no tiene sentido solemos negarlo, apartarlo y reprimirlo… vale la pena dejar que la incoherencia nos visite de vez en cuando. Quizás tiene mucho que decirnos sobre nosotros. A veces, el conocimiento viene de voces poco habituales: deja hablar a los que hablan flojito, desde la humildad, desde la sutileza, desde el no-experto.
  • Muchas veces damos más crédito a las voces acreditadas por un título, por un estatus, que simplemente porque son voces dignamente humanas. Escucha a los que nadie escucha: en la diferencia suelen estar las grandes aportanciones.
  • Aprender a mirar hacia el lugar donde no miramos habitualmente, nos hace ver que las cosas que pensábamos que eran tan “raras” son más normales y explicables de lo que creíamos. Entendemos el mundo según las costumbres de cada uno, no como el mundo es en realidad. Cambia tus costumbres, recíclalas: date la oportunidad de mirar hacia otros lugares. Seguramente todo será más sencillo de lo que parece.


Nos sentamos los tres en una mesa y mientras acabábamos de comer, y después de dar el último mordisco a aquel singular bocata, entre simpatías y risas, subimos al coche y continuamos el camino juntos. ¡Qué cosas que tiene la vida!

¡Nunca diríais a qué se dedicaban estas dos amables personas! Eran maestras de escuela. En concreto de Ciencias Naturales. Y más concretamente: eran expertas en fauna de la zona. Ellas me podrían hablar del objetivo tan preciado de mi búsqueda: el oso. Para mi sorpresa sabían mucho sobre él. ¡Qué suerte tuve! ¡Me puse tan contento! Por fin alguien me daba noticias sobre mi esperado anhelo.

Me dijeron que era muy tímido. Que no conocían a nadie que lo hubiese visto nunca, pero que deja huellas a su paso y que es por eso que saben que existe. También me dijeron que no eres tú quien puede buscarlo, sino que es él el que decide encontrarse contigo. Eso no lo entendí mucho o más bien no lo quise entender… pero pensé que valía la pena seguir escuchando.

Contaban que los pastores lo temían, pues en las noches cerradas, cuando nadie lo espera, se aparece en la llanura saliendo de sus bosques, donde él es rey y escoge a su presa, dejando un rastro de sangre y pánico en el rebaño. Después desaparece con la majestuosidad de un ser libre y puro y se diluye en el bosque como si perteneciese a su frondosidad. Quedé tan maravillado de todo lo que decían de mi tan esperado oso… que cada vez tenía más ganas de encontrarlo.

El viaje se hizo corto. Llegamos a las 17:30 a Pont y las dejé en la estación de autobuses. Nos dimos los teléfono, por si un día… quién sabe…

Después de dejarlas, mientras mi coche se iba alejando, miré por el retrovisor como la vida pasaba y dejaba atrás aquella hora y media tan agradable con aquellas dos amables personas. El retrovisor de mi coche ha visto tantas veces como el bondadoso pasado se iba quedando atrás… Eso tienen los retrovisores que te dejan ver como el pasado se va alejando y lo puedes acompañar con una mirada de nostalgia y de despedida ¿verdad?

Ya tenía más pistas para encontrarlo. Estaba realmente contento. Lo anoté todo en mi cuaderno y me dispuse a pasear aquél lugar tan encantador.

Pont de Suert es un pueblecito de montaña. Allí reposté en la gasolinera y después me fui cerca de la calle principal y compré un melocón en un pequeño mercado para merendar.

Estuve preguntando a los aldeanos del lugar por plantígrado. No hacían buena cara a mis preguntas. Mi supuesto amigo invisible no tenía demasiada buena fama. Finalmente decidí reposar… llevaba ya unas horas conduciendo y allí se estaba tan bien… Después de descansar en un prado al lado del río Noguera Ribagorzana, hice algo muy habitual en mí. Siempre que visito un lugar me gusta visitar sus iglesias, pues suelen decir mucho de las gentes que allí habitan… de los creyentes y de los no creyentes.

Pont tiene una iglesia muy peculiar… guarda unos secretos que poca gente conoce. Yo descubrí uno. Uno que me dejó alucinado y que me dio una pista clave en mi búsqueda…

(continuará)

Para el viaje…

  • Las cosas importantes se suelen celebrar alrededor de una mesa, comiendo y compartiendo. Celebra, come y comparte.
  • Nuestras metas y anhelos nos dan pistas para que podamos llegar a ellos. De hecho los anhelos y sus anhelados se suelen atraer muchísimo. Suelen ser pistas claras, siempre y cuando tengamos los ojos claros para verlas. No hay un anhelo real sin una persona que lo anhele. Sólo el que desea puede crear un objetivo. El objetivo siempre depende del ser humano que lo ha creado, nunca al revés.
  • Es bonito pensar que nuestro anhelo también nos está buscando, y que es él el que decide encontrarse contigo. Sólo es necesario estar atento y estar en camino e inspirar la vida… dejar que suceda.
Posteado por: Santi López-Villa | 14 Agosto, 2008

En busca del Oso – Capítulo II: “No hay carta, solo bocadillos”


Eran las 15:00, y llevaba una hora y cuarto adentrándome por las inmensas explanadas de Lleida. Estaba a punto de llegar a la gran cordillera pirenaica. Se veía a lo lejos… se presentía muy cerca y espectacular. Me encanta retrasar el placer y hacer más deliciosa la imagen de aquello que está llegando sin dejar de mirarlo. Todo me parece más intenso cuando se comienza a intuir y te detienes para presentirlo. Impresionado por tan imponente imagen que se levantaba ante mí, detuve el coche y salí de él alucinado por tan espectacular imagen.

Después de continuar el viaje, al cabo de una media hora, me pareció una buena idea hacer caso a mi estómago hambriento y paré a comer un delicioso bocadillo en un bar de carretera en medio de los bellos parajes prepirenaicos. Qué poco imaginaba lo que allí iba a encontrar.

Hacía un sol inmenso. Salí del coche y me encontré en un pueblo desierto, lleno de una luz propia de la tarde y por donde de vez en cuando pasaba algún coche solitario y acelerado. Entré en el vacío bar y pedí a la rubia camarera, y de escasísimas palabras, la carta. Con una mirada de altivez me dijo:

-    No hay carta, sólo bocadillos…

Digamos que no le hice mucha gracia. A lo que le respondí:

-    Ya… ¿y tiene carta de bocadillos?

Porque claro… los bocadillos también tienen derecho a tener carta. Pero ella, sin turbar ni un solo poro de su cuerpo me volvió a decir.

-    No hay carta: sólo bocadillos.

En fin… que no le caí bien.

- Uno de tortilla por favor… si a usted no le es mucha molestia.

Me habían hablado tanto del oso que estaba totalmente dispuesto y motivado a encontrarlo. Dicen que es solitario, que se deja ver poco, que cuesta verlo. Yo pensé que si era un animal tan grande, no podía ser que fuese tan invisible. Así que ante la mirada poco receptiva de la camarera, me dispuse a preguntarle por aquél maravilloso animal:

-    Perdone, no sé si le importará que le pregunte por el oso. ¿Sabe usted cómo es él? ¿por dónde suele andar? ¿ha pasado por aquí? ¿a qué dedica el tiempo libre?

Ella, todavía acentuó más aún su mirada de escepticismo sobre mí. Esta vez ni siquiera me respondió. Se dio la vuelta, sin ningún tipo de miramientos e hizo como si yo no existiese. Acto seguido se volvió a girar hacia mí, con el bocadillo (muy bueno, por cierto), en un plato, y me lo dio. Y ante mi mirada perpleja y alucinada por la forma de pasar de mí, la chica me volvió a dar la espalda y se fue a la otra punta del solitario bar y me ignoró por completo. Aprendí que sólo aquellos que tienen voluntad de ver, pueden ver. Ella en mí no vio más que a alguien a quien no valía la pena ni atender… Seguramente harta de los típicos pesados de las barras de bar. Cabizbajo y apesadumbrado me fui vagando hacia mi humilde mesa a comer mi buen bocadillo, que tan buena compañía me hizo.

Sin embargo, como en cualquier aventura, algo debía de suceder en aquél estéril lugar, pues antes de acabar mi modesta comida, entraron dos chicas de unos treinta años: era como si la civilización hubiese llegado a aquél lugar. Fue como un soplo de aire fresco. Pidieron dos colas y dos bolsas de patatas. Estaban algo nerviosas, algo les urgía por dentro. En aquel momento salí al coche, el cual estaba aparcado en la misma puerta del bar, a buscar un diario que me acompañase el ágape. Al verme ellas abriendo el coche, salieron apresuradas a la puerta y me dijeron si iba dirección Viella. Yo asentí y les dije que sí. Enseguida me propusieron si las podía acompañar hasta Pont de Suert, un pueblecito que me cogía de camino. Por supuesto, me pareció una gran oportunidad para conocer a personas interesantes. Estar abierto hace que las cosas sucedan. ¡La aventura continuaba!

(continuará)

Para el viaje…

  • No todo lo que no ves, no significa que no exista, sino que, simplemente, no lo ves.
  • Retardar el placer máximo permite tomar más conciencia de las cosas, alargar los estados de placer y tener un sentido más placentero de todo aquello que nos sucede. Retardar la gratitud, el placer, el cénit… vale la pena.
  • A veces, cuando todo parece estar perdido, alguien entra por la puerta y cambia todo el escenario. Estar atento permite detectar los pequeños cambios que hacen radicalmente diferentes nuestra realidad y la transforman.
  • Estar abierto hace que las cosas puedan suceder y manifestarse.

¿Te has encontrado alguna vez con un oso? Llevamos tantos años oyendo hablar de él en cuentos, películas, documentales… que a mis 35 años me habría gustado conocer a uno en persona. Dicen que anda por el Pirineo y que hace de las suyas en rebaños de ovejas.

Aquel día yo trabajaba en Lleida, a una hora más o menos del Pirineo. Era un jueves y el viernes lo cogí de vacaciones, así que podía esconderme el fin de semana entre aquellas montañas que quedaban a una hora de camino o volver a la ciudad y urbanizarme un fin de semana más. No sabía qué hacer… diferentes cosas me decían el corazón por un lado y la razón por otro.

Cuando me dispuse en el coche para coger la autopista iba escuchando las noticias en la radio. El mundo seguía igual. Ya llevaba unos kilómetros y justo cuando estaba en el cruce que iba hacia Barcelona o hacia Viella, el volante de mi auto quiso girar hacia el norte, donde las montañas se llaman Pirineos. Una sonrisa interior me invadió. Apagué la radio, bajé las ventanillas del coche e hice sonar a Super Tramp… La búsqueda del Oso había comenzado.

(continuará)

Para el viaje…

  • Es interesante emprender búsquedas, no por lo que puedas encontrar sino por lo que te puede hacer vivir durante la travesía.
  • Es importante dejarse llevar por la intuición… si el volante se gira hacia Viella… déjate llevar. A veces, salirte del camino establecido hace que puedas dar nuevas oportunidades a tu vida.
  • Vale la pena dejarte seducir por tus bellos anhelos, por aquellos que siempre habías latido, por aquellos que te hacen tener una vida inspirada.
  • No todo lo que se busca se encuentra. Sin embargo, aquello que encuentras sin esperarlo, puede sorprenderte e ilusionarte. Lo esperado puede convertirse en obsesión y en exigencia… Lo inesperado suele ser lo esperanzado y lo agradecido.
Posteado por: Santi López-Villa | 14 Mayo, 2008

Llorar para vivir mejor

¿Quien no ha llorado alguna vez y los demás te han dicho “no llores”?

No hay forma más humana y más primigenia que comunicarse con el llanto. Con él nos igualamos a todos los seres humanos. Lloramos de alegría, de amor, de tristeza, de reconciliación, de reencuentro. Cuando la emoción nos embarga y nos anega los ojos con el brillo de las lágrimas, es imposible volver a mirar a esa persona sin quererla aún más.

Cualquier persona de cualquier raza o cultura ha llorado alguna vez, a pesar de que la posible represión cultural lo haya podido mutilar por el camino. El llanto y la emoción nos une transculturalmente y a través de las diferentes generaciones. Lloran los mayores, las madres y los hijos… lloramos todos y todos lo solemos esconder.

Ser seres “llorantes” nos hace más estúpidos ante la moda y sin embargo más inteligentes como personas. Quizás dejar de llorar o llorar a escondidas no responde más que a procesos de deshumanización típicos de nuestras épocas.

No llorar es una mutilación más de nuestro rico abanico de expresión y belleza.

Alguien me dijo en una ocasión que una risa se podía hacer sólo con la boca… pero que un llanto era la expresión más sincera y honesta de todo nuestro ser al mismo tiempo. La piel se nos eriza, nuestro rostro se compunge, nacen lágrimas de agua y sal en las ventanas de nuestro corazón y nuestro cuerpo entero se estremece. Llorar es un acto sagrado en el que todo nuestro cuerpo y ser se ponen de acuerdo y se unen en una sola y única expresión.

Llorar es conectar con uno mismo y conectar con el resto del mundo: se trata de un lenguaje universal.

No hay que confundir el llanto natural con el llanto patológico. El llanto patológico es aquel que nos ahonda en la pena, el que irrumpe por no haber brotado antes, el que nubla nuestros ojos ante la evidencia. Sin embargo el llanto que cura es aquel que nos conmueve y nos hace vibrar, nos acerca a nosotros mismos y nos dibuja como seres maravillosamente tiernos, transparentes y bondadosos… ante cualquier situación.

Llorar al lado de alguien nos permite secar las lágrimas de otro, abrazar el cuerpo que tiembla, besar los labios sufridos y reconocer en el otro la esperanza de un mañana lleno de nuevos amaneceres.

Llorar ayuda a vaciar y es el paso previo al diálogo y al entendimiento. LLorar aumenta la creatividad y rejuvenece el cuerpo y el alma. El llanto es una bella canción de voces musicadas, interpretadas por las emociones que nos embargan y nos transportan por las veredas del perdón, de la alegría, a veces dolor…

Ojala siempre tengamos a alguien que llore a nuestro lado y que nos consuele y comparta las alegrías mojadas en lágrimas y los besos bañados en sal líquida y no nos prohíba llorar y nos permita seguir cantando al mundo nuestra siempre canción de amor.

Ojala tengamos un público de calidad que nos acoja nuestro nuestro llanto, cantado y danzado, para ser contemplado, reconfortado y ayudado: una magnífica obra de arte que anuncia la transición hacia el cambio y la transformación personal.

Sienta tan bien, que hasta la piel queda más tersa, suave y bella. Llorar amansa a la fiera que llevamos dentro, tranquiliza, reconcilia y despierta las conciencias. Nos reduce el estrés, aumenta la empatía y regala asertividad. Nos hace más amigos y mejores amantes y nos riega con aguas de comprensión. Llorar acompañado/a, nos ayuda a continuar siendo mejores y más personas.

Después de la lluvia siempre sale el sol… ¿porqué no lloramos más y nos reprimimos menos? ¿Por qué no dejamos que suceda? ¿Tan grave es quitar de la vista de todos a alguien que llora para arrinconarlo en un baño o un pasillo o en su habitación?

Seguramente habría menos conflictos si en lugar de reprimir el llanto lo dejásemos fluir. Seguramente habría más comprensión y más paz si comprendiésemos que llorar es el necesario y bello canto del oprimido que pide ser liberado para reencontrarse a sí misma y reunirse nuevamente con nosotros.

La cultura del llanto nos acerca y nos hace más felices y amorosos. El llanto es una expresión de música y danza en la que nuestro cuerpo se manifiesta ancestralmente y nos conduce por el camino de la comprensión y la paz. Nos conecta con lo humano y con lo trascendente. Reconcilia el dolor y aumenta la alegría.

No mutiles tu llanto: deja que te haga vibrar. ¿Quién no ha mirado a su amada o a sus hijos, amigos o incluso desconocidos con los ojos húmedos de emoción? ¿Quién no ha llorado de ternura al ver aquél gesto que lo conmovió? ¿Os imagináis un mundo donde emocionarse pudiese ser algo tan sencillo como habitual? Sobrarían tantas palabras, ¿verdad? Sería tan fácil entenderse…

Recuerdo que un día por la mañana, cuando desperté al lado de la persona que tanto amaba, que la descubrí, escondida entre las sábanas, mirándome con sus bellísimos ojos derramados en agua y sal… Me decían tanto que no pude dejar de mirarlos y rebosar los míos igual.

Desde entonces, cada mañana nos recibíamos mirándonos desde la emoción y el silencio, dejando que el brillo de nuestras miradas nos contemplase diciendo todo aquello que las palabras nunca pudieron imaginar.

Aquellos ojos que me miraban llenísimos de amor, me inundaron la vida de amaneceres y de mares repletos de perlas saladas, de abrazos estremecidos, de besados labios temblorosos, de susurradas canciones de amor cantadas por bellas lágrimas, que se asomaban emocionadas a las ventanas de su corazón, cada mañana…

Qué paisaje tan bello de luz, color, agua y sal… al despertar.

Cada segundo de nuestra vida es un instante artesano, hecho a mano y del que no puede haber una copia exacta. Su valor es extraordinario y su existencia todo un milagro.

Son de un solo uso. Se consumen rápida o lentamente, y lo único que nos queda de ellos es el recuerdo en un banco de memoria que tiende a vaciarse precisamente con el tiempo…

Si somos capaces de entender que la vida, no son grandes trazos sino pequeños instantes, podríamos urdir una gran trama que pudiese acabar con la sinrazón y con la desgracia. Las grandes construcciones de edificios, que se levantan “a saco” y en escaso tiempo, son menos agradables, no-complacientes e inseguros que los que se hacen al detalle.

Incluso las relaciones humanas precisan del tiempo: del tiempo de calidad. El tiempo es inmediato. Te invita a optar. El tiempo no te espera pero cuenta contigo a cada momento. ¿Has subido ya al tren de tu tiempo? ¿O sigues sentado en una estación sin nombre y sin billete? ¿Has osado preguntarte hacia donde te gustaría ir? El tren del tiempo pasa a cada momento. Es más, a cada instante está pasando uno… ¿Cuánto tiempo hace que no subes a tu tren?

Había una vez, al inicio de los tiempos, en un lugar muy lejano, que los dioses decidieron crear a los seres humanos. Al principio, los crearon de carne y hueso, dotándolos de sentimientos, emociones y algo de sentido común. Les dieron una boca, dos oídos y una nariz, para que percibiesen el entorno maravilloso en el que habían sido creados.

Les dieron dos piernas para que al correr, pudiesen sentir el viento en sus mejillas.

Les dieron dos manos, para que pudiesen acariciar a las otras personas, como quien acaricia a las flores en primavera.

Les dieron también una mirada preciosa, para que se pudiesen contemplar mutuamente y saber cuando sufrían y cuando estaban alegres, y para así poder alegrarse y amarse mutuamente con solo mirarse a los ojos.

A sus piernas las dotaron de rodillas, para poder sentarse y descansar en el cansancio y poder acompañarse sentados y detenidos en un bonito instante.

Fueron tantos los maravillosos complementos, que sólo les faltó uno para ser como los mismos dioses: La Felicidad.

Los dioses, pensaron que ese era el único detalle que no darían al ser humano, por eso decidieron guardarlo celosamente para que no lo encontrasen nunca.

Entonces, uno de los dioses dijo: Conque el hombre es rápido y le gusta la velocidad, deberíamos buscar un lugar donde el tiempo se detenga, para allí esconder la Felicidad. Con sus prisas, nunca podrán ser felices. Serán ciegos ante la evidencia. Pero… ¿Dónde puede haber un lugar donde el tiempo se detenga para contemplar la Felicidad?

- La esconderemos en el mar, en lo más profundo del océano… allí existe la calma y además es imposible llegar.

A lo que los demás dioses dijeron: – seguro que llegará un día en el que el ser humano, construirá un barco o un submarino y conseguirá llegar hasta la fosa más profunda y la encontrará. El ser humano es muy tenaz. Ése no es el mejor lugar.

Otro de los dioses propuso esconderla en lo más alto de la montaña más alta… donde existe la más absoluta calma y es muy difícil llegar. Pero los otros dioses pensaron que también allí llegarían los seres humanos, pues eran unos seres muy intrépidos.

Hubo un dios que propuso colocarlo en el tranquilo y pacífico cielo, en el espacio interestelar… pero claro, los otros dioses pensaron, que con lo curiosos que eran los seres humanos, acabarían por querer saber qué hay en las estrellas y acabarían construyendo algún cohete espacial para explorar el espacio y lo acabarían por descubrir.

Al final, hubo un dios que pensó el lugar ideal, donde los hombres no se les ocurriría buscar. Este es un lugar profundo, inmensamente bello, el más bello de todos los lugares que los dioses habían creado. Era el lugar más grande y a la vez el más pequeño. Un lugar donde el tiempo se detiene para contemplar la dulzura de la humanidad. Para llegar hasta él, había que emprender un viaje largo y arriesgado… los hombres no conseguirán llegar nunca. Sin embargo, es la mejor morada para el ser humano. El día que lo descubran no querrán volver de allí, pero es tan improbable que lleguen a ese lugar… Está tan bien escondido y tan bien camuflado…

Los demás dioses estaban deseosos de saber cuál era ese lugar donde se detiene el tiempo, tan lejano y tan bello a la vez.

El dios que tuvo la idea les dijo: el lugar donde colocaremos la esencia divina de la Felicidad será en el mismo interior de todos y cada uno de los seres humanos, justo donde el tiempo se detiene y los hace eternos, divinos y amorosos.

Posteado por: Santi López-Villa | 24 Marzo, 2008

¿Quien eres tú? ¿Zanahoria, Huevo o Café?

Hemos confundido el “tener criterio” con la “queja sistemática”. Ante los problemas hay personas que, se enfadan, se auto-anulan, agreden y se transforman en “seres humanos venidos a menos”.

Recuerdo que en un aula de secundaria, ya hace unos diez años, cuando aún no me dedicaba a lo que me dedicaría más tarde, un alumno no dejaba de quejarse de su situación. Todo era negativo para él. Nada estaba a su gusto. Siempre había una excusa para no hacer algo.

Eran las tres y media de la tarde, hacía mucho calor en clase y yo no estaba ni con la paciencia ni con la energía de ponerme a explicarle las bondades que tenía el hacer las cosas bien; y la verdad, tampoco tenía motivación para ponerle otra mala nota por no haber traído los deberes hechos. Fue en aquél momento que se me ocurrió contarle la siguiente historia:

“Había una vez una Zanahoria, un Huevo (de gallina) y un Grano de Café. Los tres vivían felices en un armario de cocina que estaba encima de los fogones. Sus vidas eran tranquilas. Todo pasaba cuando tenía que pasar. Cuando se habría la puerta del armario amanecía y cuando se cerraba, dormían.

Zanahoria tenía la piel fina y se jactaba de su color anaranjado y de su larga y exuberante cabellera verde. Era distante, de una consistencia dura, independiente y muy fuerte.

Huevo, por su parte, era redondeado, solemne y con una apariencia rígida y aplomada. Nunca hablaba de su interior. Juzgaba sin perdón. Todo lo que decía parecía de una gran importancia. Siempre pasaba de todo, nada le parecía afectar ¡Qué dureza la de Huevo!

Por último estaba Grano de Café. Era pequeño, insignificante: de un color oscuro. Un soplo de viento se lo llevaba de cajón en cajón. Tanto Huevo como Zanahoria, se reían de él, pues decían que no era ni fuerte, ni duro y encima era un sensiblero. Para ellos, no tenía ninguna personalidad.

Un buen día, la puerta del armario se rompió y quedó entreabierta. Desde allí, los tres amigos vieron bajo ellos como una olla de agua hervía fogosa y humeante. De pronto, el vapor comenzó a entrar en el armario y dejó una capa húmeda en su interior… Los tres amigos, que estaban en el borde, vieron como, sin quererlo, se iban deslizando poco a poco y se escurrían por el borde de la repisa del armario. El desastre estaba a punto de suceder.

La primera en caer por el precipicio fue Zanahoria. Caía al vacío mientras se reía por pensar que era la más dura y fuerte.

- ¡A mí no me va a pasar nada!, decía.

- ¡Soy dura, de constitución invencible!

Al cabo de unos veinte minutos se había reblandecido tanto que ya no quedaba nada de Zanahoria.

Hay personas que insisten en resolverlo todo con la fuerza, y ante el choque de fuerzas, ante un problema, quedan deshechos.

El siguiente en caer fue Huevo. Cayó como un plomo y desapareció entre el agua humeante: su rigidez se oyó quebrada contra el fondo de la olla. A los veinte minutos toda la dureza que transmitía por fuera, se trasladó a su interior y definitivamente se endureció por dentro perdiendo toda su sensibilidad de la que tanto había renegado y ocultado.

Hay personas que se empeñan en no reconocer y no amar su sensible interior y lo esconden detrás de capas aparentemente duras. Ante los problemas, se vuelven tan o más duros por dentro, se amargan y pierden la sensibilidad que les podría habría salvado y haber permitido tener una vida plena.

Finalmente cayó Grano de Café. Cayó suavemente, pues pesaba poco y nada más tocar la superficie se hundió y desapareció entre el bullicio incesante del agua enfurecida. Fue directamente al fondo y no se supo más de él. Los allí expectantes dejaron de mirar, pues ya no había nada más que ver.

Pero… Algo comenzó a suceder en el fondo de aquél infierno. Desde arriba se vislumbraba algo extraño… algo estaba cambiando. Sal y Pimienta gritaron:

- ¡Atención! ¡Algo está pasando allí abajo!

Durante veinte minutos, Grano de Café, metido de lleno en el problema, decidió generosamente ofrecer lo mejor de sí mismo y fue capaz de teñir absolutamente toda el agua de un color marrón precioso, intenso y brillante. Desde su pequeñez y fragilidad transformó el terrorífico problema en una maravillosa taza de café, sin dejar de ser él mismo.

Era un café con personalidad, con sabor, con consistenciatransformó un problema en una realidad totalmente nueva creativa y genial.

Y no sólo eso: a parte, consiguió inundar con su agradable aroma a todas las personas que estaban en la cocina y hacerlas participar generosamente y agradecido de su re-ser.

¿Quien eres tú ante un problema? ¿Zanahoria, Huevo o Café?

Posteado por: Santi López-Villa | 14 Marzo, 2008

Presentación en Barcelona: ‘177+1′

‘177+1′

12/03/08, Barcelona-Ramblas de Catalunya, 20:00

El gran día había llegado. Yo iba acompañado de mi buena amiga Alba, que había venido desde Gijón. Íbamos rápido, pues sólo quedaban quince minutos para que comenzase el acto.

Al girar por la calle Diputación, justo delante del Hotel Calderón, el corazón se me disparó al ver que a lo lejos había gente esperando en la puerta de la Librería Excellence. Miré a Alba, y bajo su siempre bella y serena mirada, sin decir una sola palabra me sonrió y me tranquilizó, como siempre ha hecho desde que nos conocimos, y continuamos caminando juntos en silencio.

La verdad es que fue muy emocionante. ¡Había tanta gente! Habían personas abrazadas y emociones descontenidas. Como cuando Mariya llegó a la Estación de Francia desde Varsovia, ¿Recordáis? “un baile de personas abrazadas que se reencontraban y se conmovían en cada abrazo y en cada reencuentro”.

Auditorio de la Librería Excellence, 20:15
Así que comenzamos a bajar al auditorio y nos pudimos ir sentando, tres presentadoras/es de excepción hablaron: Marta, Alejandra y Jordi. Ellos eran mis amigos y valedores. Y después, entre nervios y una profunda emoción, comencé a destilar lo que iba a ser la narración del “Gesto de Manuel”: La presentación había comenzado.

Sin embargo, esta vez iba a ser diferente, pues Manuel, hoy un periodista, una persona vital y alegre, había venido. Vino acompañado de una amiga, de su madre y de su hermano, a escuchar por primera vez su historia explicada desde mis labios.

Él estaba con los ojos humedecidos. No podía terciar ni una sola palabra. Estaba sentado cerca de mi familia, en las primeras filas. Estaba tan cerca de mí… Su historia había sido escuchada y había ayudado a tanta gente, a prostitutas, adolescentes, publicistas, maestros, directivos, policías, políticos… y nadie sabía quien era, ni cual era su rostro, ni cómo sonaba su voz.

Mientras contaba su relato, casi no le podía ni mirar a la cara, pues cada vez que lo hacía, se me cortaba el habla. Y mira que la he contado veces, pero… esta vez, tenía a su protagonista, a su madre y a su hermano delante. Tan desconocidos y desapercibidos para los que allí estábamos, y la vez tan cerca, conocidos e íntimos para todos.

Después de acabar, se hizo un suave silencio en la sala, con una sensación muy bella de paz.

Sin embargo, me sucedió algo extraño. En medio de aquel silencio y mirando hacia los asistentes, me di cuenta de que alguien más había venido aquella noche a acompañar a Manuel. Estaba entre nosotros. Estoy totalmente seguro de que a parte de las 177 personas que allí estábamos, había alguien más. Estaba escondido entre la gente. Nadie lo vio pero nos escuchaba y nos acompañaba desde muy lejos, pero a la vez desde muy cerca, desde el amor, la comprensión y la gratitud. Hace ya mucho tiempo que él también forma parte de nuestras vidas:
el padre de Manuel.

Gracias!

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