¿Cómo es la luz de tu linterna?
Hola!
La semana pasada estuve viajando por temas de trabajo, y no volví a casa hasta ayer sábado. Estuve por Amposta, Barcelona, Igualada, Manresa, Vic… La noche que viajaba de Amposta a Barcelona, estuve a punto de quedarme sin combustible. Sin embargo la suerte llamó a mi puerta, al ver que a 500 metros aparecía una solitaria gasolinera. ¡Estaba salvado! Salí del coche y me dirigí rápidamente hasta la oficina, y cuál fue mi sorpresa cuando la chica me dijo:
– Lo siento, señor, tenemos un problema eléctrico y estamos esperando a que venga alguien a arreglarlo. Hasta entonces, no nos funcionan los surtidores. – Me dijo la joven detrás del mostrador.
– ¡Necesito repostar! – Le dije. – ¡He de llegar esta noche a Barcelona! ¿Cuánto tendré que esperar? – Le pregunté.
– No lo sé, señor. Lo siento mucho, pero es lo que hay.
Así que resignado, volví al coche y me senté a esperar dentro de él, la primera hora, y después, cansado, volví a la estación de servicio, donde no había nadie más que la joven.
De pronto, en la oscura noche, se prendió la lluvia y comenzó a diluviar como si se fuese a acabar el mundo. Curiosamente, ya hacía más de dos horas que no había parado ningún coche por allí.
Yo seguía leyendo y hablando con la chica, hasta que entre el diluvio que caía, apareció una luz parpadeante en medio de la oscuridad y la tupida cortina de agua, que se intuía lejos. Los dos nos fijamos en ella y vimos algo inquietos como aquella luz cada vez se acercaba con más determinación hacia nosotros. Francamente: nos asustamos. De pronto, alguien gritó fuera y más de pronto aún, apareció de golpe ante nosotros, un anciano de extraño aspecto y alumbrándonos con una enorme linterna.
– ¡Vaya noche! ¡No hay tregua para un viejo como yo! – Dijo al entrar rápido en la oficina.
– ¿De dónde viene hombre? – Le dije. – ¿No ve el tiempo que hace? ¡No es tiempo para viajar!
– Ja,ja,ja, – Rio el hombre. – De donde yo vengo, siempre hay un momento para viajar. Solo hay que ir bien preparado. ¿No ves el chubasquero que llevo? ¿Y qué me dices, joven, de ésta linterna? – Me preguntó.
Allí pasamos la noche los tres: contando historias, tomando café, y por supuesto, sin llegar a saber de dónde venía ni a donde iba aquél extraño anciano. Os cuento una de las historias que más me gustó de él:
“Joven, yo llevo una linterna que me ilumina el camino. Absolutamente todos los humanos tenemos una. Sin embargo, no todas las linternas sirven para lo mismo. Hay linternas que deslumbran a los demás, incluso las hay que ciegan a los demás.
También hay linternas personales que dan poca luz, y solo se ve el “corto plazo”.
Hay linternas que dan una luz tan enfocada, que aunque se ve muy a lo lejos, no se ve lo que tienes al lado, ni lo que hay alrededor.
Hay linternas que su luz es tan intensa que hasta pueden quemar a los que se la encuentran y hay linternas cuya temperatura da calidez a quien la contempla.
Hay linternas que son tan grandes que sus propietarios no tienen ni fuerza para sostenerlas y pierden su vida llevándolas a cuestas… estas son las grandes linternas; en cambio hay linternas tan pequeñas, que parecen luciérnagas, y unas con otras alumbran un cielo lleno de estrellas.
Hay linternas que dan una luz difuminada, una luz enorme y amplia, que respeta la luz de los demás y no las solapa, sino que las potencia y complementa…
Cada ser humano tiene una luz… aunque no todas las luces son iguales”.
¿Cómo es la luz de tu linterna?
Un abrazo desde una gasolinera en medio de las hermosas tierras del Ebro.
Santi