Un monje budista al rescate
¡Hola! ¡Espero que estéis bien!
Hace unos días, atendí en consulta al director de una fábrica. Me dijo que en su empresa, nadie hacía lo que él decía y que todo salía mal porque su equipo era poco competente. Juan, que así se llamaba, también estaba muy preocupado por la crisis tan dura que tenemos encima.
– Es verdad, Juan. – Le dije yo. Es realmente dura… pero ¿Seguro la crisis que está encima nuestro? A mí me parece más bien que está dentro de nosotros, ¿no te parece?
– ¡En absoluto! – Respondió él. – No te equivoques: ¡La crisis nos viene de fuera!
– Puede ser… – Dije yo pensativo, mirando el suelo.
La conversación nos llevó a pasear por el barrio antiguo de la ciudad, hasta llegar a la antigua “Sinagoga” de Barcelona, en la calle St. Doménech del Call. En realidad, es un lugar muy pequeño, con centenares de años de historia. Justo allí al lado, un mendigo pedía limosna…
– Fíjate Santi, ¡Cómo nos tenemos que ver! – Refiriéndose al anciano mendicante. – Todo esto es fruto de una mala gestión de los políticos que tenemos. ¡Qué vergüenza tener que ver pobres por la calle!
– Puede ser… – Respondí de nuevo, cada vez más pensativo.
Hacía un día precioso de primavera, así que nos encaminamos por el Paseo de Gràcia hacia arriba y nuestros pasos nos dejaron cerca del antiguo Hospital de Sant Pau. Allí, una ambulancia abría rápidamente sus puertas mientras salía de su interior una camilla con una niña preciosa sonriendo, con un pijama de color rosa. La entraron a toda prisa en urgencias, mientras su madre recogía llorando sus enseres del furgón y la hacían esperar en el mostrador de llegada totalmente desconsolada.
– ¿Qué le pasa? – Le pregunté yo. – ¿La podemos ayudar en algo? ¿Quiere que le hagamos compañía? – Mientras entramos con ella a la sala de espera.
– Es mi hija, señor. Está muy enferma y no tenemos dinero para pagar una operación que espera desde hace meses. Además, ahora, parece ser que aún se va a alargar más la espera. Cada dos por tres estamos en urgencias… Es un sin vivir…
Juan, incómodo por la situación me dijo:
– Ves Santi, ¡Qué injusta que es la vida! Parece que Dios ya no se apiada de nada ni de nadie. ¿Cómo puede Dios permitir que una criatura como esta esté enferma y tenga que pasar por esto?
– Ya… – Respondí yo desconcertado….
– Si Dios quisiera, ¡Esto no sucedería de ninguna manera! – Dijo cada vez más alterado. – ¡Seguro que Dios ni siquiera existe, porque un Dios que va de bueno, no puede permitir esta desgracia que está sucediendo!
– Sí… puede ser… – Volví a añadir yo cabizbajo.
Mientras salíamos de allí, un monje budista que también esperaba en la sala de espera, se acercó a nosotros, y con voz muy baja, nos dijo:
– Señor, Dios, sí ha hecho algo muy importante para que todo esto que está ocurriendo no suceda. Dios hizo algo muy grande e importante para que nunca nadie tuviese que pasar hambre; para que nadie nunca tuviese que pedir limosna y para que nadie nunca tuviese que sufrir las consecuencias de una enfermedad a cambio de dedicar recursos a otras cosas menos básicas. Dios hizo algo realmente especial para que cada uno se sienta perfecta y amorosamente acompañado y no pierda nunca la dignidad que se merece.
– Ja, ja, ja! – Dijo Juan – ¿Y qué ha hecho si se puede saber? ¿Donde está eso tan especial, grande e importante que dice, anciano?, porque a la vista están los resultados.
A lo que el monje budista, esperando a que Juan acabase su risa le respondió:
– Dios le hizo a usted.
Que tengáis una muy buena semana.
Santi