En busca del Oso – Capítulo III: “Dos maestras, un psicólogo y un melocotón…”


Nos sentamos los tres en una mesa y mientras acabábamos de comer, y después de dar el último mordisco a aquel singular bocata, entre simpatías y risas, subimos al coche y continuamos el camino juntos. ¡Qué cosas que tiene la vida!

¡Nunca diríais a qué se dedicaban estas dos amables personas! Eran maestras de escuela. En concreto de Ciencias Naturales. Y más concretamente: eran expertas en fauna de la zona. Ellas me podrían hablar del objetivo tan preciado de mi búsqueda: el oso. Para mi sorpresa sabían mucho sobre él. ¡Qué suerte tuve! ¡Me puse tan contento! Por fin alguien me daba noticias sobre mi esperado anhelo.

Me dijeron que era muy tímido. Que no conocían a nadie que lo hubiese visto nunca, pero que deja huellas a su paso y que es por eso que saben que existe. También me dijeron que no eres tú quien puede buscarlo, sino que es él el que decide encontrarse contigo. Eso no lo entendí mucho o más bien no lo quise entender… pero pensé que valía la pena seguir escuchando.

Contaban que los pastores lo temían, pues en las noches cerradas, cuando nadie lo espera, se aparece en la llanura saliendo de sus bosques, donde él es rey y escoge a su presa, dejando un rastro de sangre y pánico en el rebaño. Después desaparece con la majestuosidad de un ser libre y puro y se diluye en el bosque como si perteneciese a su frondosidad. Quedé tan maravillado de todo lo que decían de mi tan esperado oso… que cada vez tenía más ganas de encontrarlo.

El viaje se hizo corto. Llegamos a las 17:30 a Pont y las dejé en la estación de autobuses. Nos dimos los teléfono, por si un día… quién sabe…

Después de dejarlas, mientras mi coche se iba alejando, miré por el retrovisor como la vida pasaba y dejaba atrás aquella hora y media tan agradable con aquellas dos amables personas. El retrovisor de mi coche ha visto tantas veces como el bondadoso pasado se iba quedando atrás… Eso tienen los retrovisores que te dejan ver como el pasado se va alejando y lo puedes acompañar con una mirada de nostalgia y de despedida ¿verdad?

Ya tenía más pistas para encontrarlo. Estaba realmente contento. Lo anoté todo en mi cuaderno y me dispuse a pasear aquél lugar tan encantador.

Pont de Suert es un pueblecito de montaña. Allí reposté en la gasolinera y después me fui cerca de la calle principal y compré un melocón en un pequeño mercado para merendar.

Estuve preguntando a los aldeanos del lugar por plantígrado. No hacían buena cara a mis preguntas. Mi supuesto amigo invisible no tenía demasiada buena fama. Finalmente decidí reposar… llevaba ya unas horas conduciendo y allí se estaba tan bien… Después de descansar en un prado al lado del río Noguera Ribagorzana, hice algo muy habitual en mí. Siempre que visito un lugar me gusta visitar sus iglesias, pues suelen decir mucho de las gentes que allí habitan… de los creyentes y de los no creyentes.

Pont tiene una iglesia muy peculiar… guarda unos secretos que poca gente conoce. Yo descubrí uno. Uno que me dejó alucinado y que me dio una pista clave en mi búsqueda…

(continuará)

Para el viaje…

  • Las cosas importantes se suelen celebrar alrededor de una mesa, comiendo y compartiendo. Celebra, come y comparte.
  • Nuestras metas y anhelos nos dan pistas para que podamos llegar a ellos. De hecho los anhelos y sus anhelados se suelen atraer muchísimo. Suelen ser pistas claras, siempre y cuando tengamos los ojos claros para verlas. No hay un anhelo real sin una persona que lo anhele. Sólo el que desea puede crear un objetivo. El objetivo siempre depende del ser humano que lo ha creado, nunca al revés.
  • Es bonito pensar que nuestro anhelo también nos está buscando, y que es él el que decide encontrarse contigo. Sólo es necesario estar atento y estar en camino e inspirar la vida… dejar que suceda.

1 comentario en “En busca del Oso – Capítulo III: “Dos maestras, un psicólogo y un melocotón…””

  1. La verdadera intuición es aquella que reprimimos constantemente ya que si nos dejáramos llevar por ella encontraríamos la verdadera búsqueda que todo ser humano anhela: sentirse en paz con uno mismo.

    Realmente no todo lo que buscamos lo encontramos, sino que encontramos lo que no buscamos y a esto no le damos la importancia que tiene por no ser aquello que teníamos en mente. De nuevo anteponemos el juicio al azar y no vemos el “porque” de ese encuentro, de ese algo no esperado. Solo vemos y apreciamos aquello que esperábamos.

    Como bien dices retrasar el placer hace que apreciemos mucho más las pequeñas cosas que nos conducen hacia él y mucho más si estamos receptivos a todo lo que se nos presenta en nuestra vida.

    Espero que algún día veas al plantígrado y me cuentes como es.

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