Llorar para vivir mejor

¿Quien no ha llorado alguna vez y los demás te han dicho “no llores”? No hay forma más humana y más primigenia que comunicarse con el llanto. Con él nos igualamos a todos los seres humanos. Lloramos de alegría, de amor, de tristeza, de reconciliación, de reencuentro. Cuando la emoción nos embarga y nos anega […]

¿Quien no ha llorado alguna vez y los demás te han dicho “no llores”?

No hay forma más humana y más primigenia que comunicarse con el llanto. Con él nos igualamos a todos los seres humanos. Lloramos de alegría, de amor, de tristeza, de reconciliación, de reencuentro. Cuando la emoción nos embarga y nos anega los ojos con el brillo de las lágrimas, es imposible volver a mirar a esa persona sin quererla aún más.

Cualquier persona de cualquier raza o cultura ha llorado alguna vez, a pesar de que la posible represión cultural lo haya podido mutilar por el camino. El llanto y la emoción nos une transculturalmente y a través de las diferentes generaciones. Lloran los mayores, las madres y los hijos… lloramos todos y todos lo solemos esconder.

Ser seres “llorantes” nos hace más estúpidos ante la moda y sin embargo más inteligentes como personas. Quizás dejar de llorar o llorar a escondidas no responde más que a procesos de deshumanización típicos de nuestras épocas.

No llorar es una mutilación más de nuestro rico abanico de expresión y belleza.

Alguien me dijo en una ocasión que una risa se podía hacer sólo con la boca… pero que un llanto era la expresión más sincera y honesta de todo nuestro ser al mismo tiempo. La piel se nos eriza, nuestro rostro se compunge, nacen lágrimas de agua y sal en las ventanas de nuestro corazón y nuestro cuerpo entero se estremece. Llorar es un acto sagrado en el que todo nuestro cuerpo y ser se ponen de acuerdo y se unen en una sola y única expresión.

Llorar es conectar con uno mismo y conectar con el resto del mundo: se trata de un lenguaje universal.

No hay que confundir el llanto natural con el llanto patológico. El llanto patológico es aquel que nos ahonda en la pena, el que irrumpe por no haber brotado antes, el que nubla nuestros ojos ante la evidencia. Sin embargo el llanto que cura es aquel que nos conmueve y nos hace vibrar, nos acerca a nosotros mismos y nos dibuja como seres maravillosamente tiernos, transparentes y bondadosos… ante cualquier situación.

Llorar al lado de alguien nos permite secar las lágrimas de otro, abrazar el cuerpo que tiembla, besar los labios sufridos y reconocer en el otro la esperanza de un mañana lleno de nuevos amaneceres.

Llorar ayuda a vaciar y es el paso previo al diálogo y al entendimiento. LLorar aumenta la creatividad y rejuvenece el cuerpo y el alma. El llanto es una bella canción de voces musicadas, interpretadas por las emociones que nos embargan y nos transportan por las veredas del perdón, de la alegría, a veces dolor…

Ojala siempre tengamos a alguien que llore a nuestro lado y que nos consuele y comparta las alegrías mojadas en lágrimas y los besos bañados en sal líquida y no nos prohíba llorar y nos permita seguir cantando al mundo nuestra siempre canción de amor.

Ojala tengamos un público de calidad que nos acoja nuestro nuestro llanto, cantado y danzado, para ser contemplado, reconfortado y ayudado: una magnífica obra de arte que anuncia la transición hacia el cambio y la transformación personal.

Sienta tan bien, que hasta la piel queda más tersa, suave y bella. Llorar amansa a la fiera que llevamos dentro, tranquiliza, reconcilia y despierta las conciencias. Nos reduce el estrés, aumenta la empatía y regala asertividad. Nos hace más amigos y mejores amantes y nos riega con aguas de comprensión. Llorar acompañado/a, nos ayuda a continuar siendo mejores y más personas.

Después de la lluvia siempre sale el sol… ¿porqué no lloramos más y nos reprimimos menos? ¿Por qué no dejamos que suceda? ¿Tan grave es quitar de la vista de todos a alguien que llora para arrinconarlo en un baño o un pasillo o en su habitación?

Seguramente habría menos conflictos si en lugar de reprimir el llanto lo dejásemos fluir. Seguramente habría más comprensión y más paz si comprendiésemos que llorar es el necesario y bello canto del oprimido que pide ser liberado para reencontrarse a sí misma y reunirse nuevamente con nosotros.

La cultura del llanto nos acerca y nos hace más felices y amorosos. El llanto es una expresión de música y danza en la que nuestro cuerpo se manifiesta ancestralmente y nos conduce por el camino de la comprensión y la paz. Nos conecta con lo humano y con lo trascendente. Reconcilia el dolor y aumenta la alegría.

No mutiles tu llanto: deja que te haga vibrar. ¿Quién no ha mirado a su amada o a sus hijos, amigos o incluso desconocidos con los ojos húmedos de emoción? ¿Quién no ha llorado de ternura al ver aquél gesto que lo conmovió? ¿Os imagináis un mundo donde emocionarse pudiese ser algo tan sencillo como habitual? Sobrarían tantas palabras, ¿verdad? Sería tan fácil entenderse…

Recuerdo que un día por la mañana, cuando desperté al lado de la persona que tanto amaba, que la descubrí, escondida entre las sábanas, mirándome con sus bellísimos ojos derramados en agua y sal… Me decían tanto que no pude dejar de mirarlos y rebosar los míos igual.

Desde entonces, cada mañana nos recibíamos mirándonos desde la emoción y el silencio, dejando que el brillo de nuestras miradas nos contemplase diciendo todo aquello que las palabras nunca pudieron imaginar.

Aquellos ojos que me miraban llenísimos de amor, me inundaron la vida de amaneceres y de mares repletos de perlas saladas, de abrazos estremecidos, de besados labios temblorosos, de susurradas canciones de amor cantadas por bellas lágrimas, que se asomaban emocionadas a las ventanas de su corazón, cada mañana…

Qué paisaje tan bello de luz, color, agua y sal… al despertar.

Los instantes son como piezas de arte únicas, firmadas por el autor, o sea, por ti mismo, por ti misma

Cada segundo de nuestra vida es un instante artesano, hecho a mano y del que no puede haber una copia exacta. Su valor es extraordinario y su existencia todo un milagro. Son de un solo uso. Se consumen rápida o lentamente, y lo único que nos queda de ellos es el recuerdo en un banco […]

Cada segundo de nuestra vida es un instante artesano, hecho a mano y del que no puede haber una copia exacta. Su valor es extraordinario y su existencia todo un milagro.

Son de un solo uso. Se consumen rápida o lentamente, y lo único que nos queda de ellos es el recuerdo en un banco de memoria que tiende a vaciarse precisamente con el tiempo…

Si somos capaces de entender que la vida, no son grandes trazos sino pequeños instantes, podríamos urdir una gran trama que pudiese acabar con la sinrazón y con la desgracia. Las grandes construcciones de edificios, que se levantan “a saco” y en escaso tiempo, son menos agradables, no-complacientes e inseguros que los que se hacen al detalle.

Incluso las relaciones humanas precisan del tiempo: del tiempo de calidad. El tiempo es inmediato. Te invita a optar. El tiempo no te espera pero cuenta contigo a cada momento. ¿Has subido ya al tren de tu tiempo? ¿O sigues sentado en una estación sin nombre y sin billete? ¿Has osado preguntarte hacia donde te gustaría ir? El tren del tiempo pasa a cada momento. Es más, a cada instante está pasando uno… ¿Cuánto tiempo hace que no subes a tu tren?

Había una vez, al inicio de los tiempos, en un lugar muy lejano, que los dioses decidieron crear a los seres humanos. Al principio, los crearon de carne y hueso, dotándolos de sentimientos, emociones y algo de sentido común. Les dieron una boca, dos oídos y una nariz, para que percibiesen el entorno maravilloso en el que habían sido creados.

Les dieron dos piernas para que al correr, pudiesen sentir el viento en sus mejillas.

Les dieron dos manos, para que pudiesen acariciar a las otras personas, como quien acaricia a las flores en primavera.

Les dieron también una mirada preciosa, para que se pudiesen contemplar mutuamente y saber cuando sufrían y cuando estaban alegres, y para así poder alegrarse y amarse mutuamente con solo mirarse a los ojos.

A sus piernas las dotaron de rodillas, para poder sentarse y descansar en el cansancio y poder acompañarse sentados y detenidos en un bonito instante.

Fueron tantos los maravillosos complementos, que sólo les faltó uno para ser como los mismos dioses: La Felicidad.

Los dioses, pensaron que ese era el único detalle que no darían al ser humano, por eso decidieron guardarlo celosamente para que no lo encontrasen nunca.

Entonces, uno de los dioses dijo: Conque el hombre es rápido y le gusta la velocidad, deberíamos buscar un lugar donde el tiempo se detenga, para allí esconder la Felicidad. Con sus prisas, nunca podrán ser felices. Serán ciegos ante la evidencia. Pero… ¿Dónde puede haber un lugar donde el tiempo se detenga para contemplar la Felicidad?

– La esconderemos en el mar, en lo más profundo del océano… allí existe la calma y además es imposible llegar.

A lo que los demás dioses dijeron: – seguro que llegará un día en el que el ser humano, construirá un barco o un submarino y conseguirá llegar hasta la fosa más profunda y la encontrará. El ser humano es muy tenaz. Ése no es el mejor lugar.

Otro de los dioses propuso esconderla en lo más alto de la montaña más alta… donde existe la más absoluta calma y es muy difícil llegar. Pero los otros dioses pensaron que también allí llegarían los seres humanos, pues eran unos seres muy intrépidos.

Hubo un dios que propuso colocarlo en el tranquilo y pacífico cielo, en el espacio interestelar… pero claro, los otros dioses pensaron, que con lo curiosos que eran los seres humanos, acabarían por querer saber qué hay en las estrellas y acabarían construyendo algún cohete espacial para explorar el espacio y lo acabarían por descubrir.

Al final, hubo un dios que pensó el lugar ideal, donde los hombres no se les ocurriría buscar. Este es un lugar profundo, inmensamente bello, el más bello de todos los lugares que los dioses habían creado. Era el lugar más grande y a la vez el más pequeño. Un lugar donde el tiempo se detiene para contemplar la dulzura de la humanidad. Para llegar hasta él, había que emprender un viaje largo y arriesgado… los hombres no conseguirán llegar nunca. Sin embargo, es la mejor morada para el ser humano. El día que lo descubran no querrán volver de allí, pero es tan improbable que lleguen a ese lugar… Está tan bien escondido y tan bien camuflado…

Los demás dioses estaban deseosos de saber cuál era ese lugar donde se detiene el tiempo, tan lejano y tan bello a la vez.

El dios que tuvo la idea les dijo: el lugar donde colocaremos la esencia divina de la Felicidad será en el mismo interior de todos y cada uno de los seres humanos, justo donde el tiempo se detiene y los hace eternos, divinos y amorosos.

¿Quien eres tú? ¿Zanahoria, Huevo o Café?

Hemos confundido el “tener criterio” con la “queja sistemática”. Ante los problemas hay personas que, se enfadan, se auto-anulan, agreden y se transforman en “seres humanos venidos a menos”. Recuerdo que en un aula de secundaria, ya hace unos diez años, cuando aún no me dedicaba a lo que me dedicaría más tarde, un alumno […]

Hemos confundido el “tener criterio” con la “queja sistemática”. Ante los problemas hay personas que, se enfadan, se auto-anulan, agreden y se transforman en “seres humanos venidos a menos”.

Recuerdo que en un aula de secundaria, ya hace unos diez años, cuando aún no me dedicaba a lo que me dedicaría más tarde, un alumno no dejaba de quejarse de su situación. Todo era negativo para él. Nada estaba a su gusto. Siempre había una excusa para no hacer algo.

Eran las tres y media de la tarde, hacía mucho calor en clase y yo no estaba ni con la paciencia ni con la energía de ponerme a explicarle las bondades que tenía el hacer las cosas bien; y la verdad, tampoco tenía motivación para ponerle otra mala nota por no haber traído los deberes hechos. Fue en aquél momento que se me ocurrió contarle la siguiente historia:

“Había una vez una Zanahoria, un Huevo (de gallina) y un Grano de Café. Los tres vivían felices en un armario de cocina que estaba encima de los fogones. Sus vidas eran tranquilas. Todo pasaba cuando tenía que pasar. Cuando se habría la puerta del armario amanecía y cuando se cerraba, dormían.

Zanahoria tenía la piel fina y se jactaba de su color anaranjado y de su larga y exuberante cabellera verde. Era distante, de una consistencia dura, independiente y muy fuerte.

Huevo, por su parte, era redondeado, solemne y con una apariencia rígida y aplomada. Nunca hablaba de su interior. Juzgaba sin perdón. Todo lo que decía parecía de una gran importancia. Siempre pasaba de todo, nada le parecía afectar ¡Qué dureza la de Huevo!

Por último estaba Grano de Café. Era pequeño, insignificante: de un color oscuro. Un soplo de viento se lo llevaba de cajón en cajón. Tanto Huevo como Zanahoria, se reían de él, pues decían que no era ni fuerte, ni duro y encima era un sensiblero. Para ellos, no tenía ninguna personalidad.

Un buen día, la puerta del armario se rompió y quedó entreabierta. Desde allí, los tres amigos vieron bajo ellos como una olla de agua hervía fogosa y humeante. De pronto, el vapor comenzó a entrar en el armario y dejó una capa húmeda en su interior… Los tres amigos, que estaban en el borde, vieron como, sin quererlo, se iban deslizando poco a poco y se escurrían por el borde de la repisa del armario. El desastre estaba a punto de suceder.

La primera en caer por el precipicio fue Zanahoria. Caía al vacío mientras se reía por pensar que era la más dura y fuerte.

– ¡A mí no me va a pasar nada!, decía.

– ¡Soy dura, de constitución invencible!

Al cabo de unos veinte minutos se había reblandecido tanto que ya no quedaba nada de Zanahoria.

Hay personas que insisten en resolverlo todo con la fuerza, y ante el choque de fuerzas, ante un problema, quedan deshechos.

El siguiente en caer fue Huevo. Cayó como un plomo y desapareció entre el agua humeante: su rigidez se oyó quebrada contra el fondo de la olla. A los veinte minutos toda la dureza que transmitía por fuera, se trasladó a su interior y definitivamente se endureció por dentro perdiendo toda su sensibilidad de la que tanto había renegado y ocultado.

Hay personas que se empeñan en no reconocer y no amar su sensible interior y lo esconden detrás de capas aparentemente duras. Ante los problemas, se vuelven tan o más duros por dentro, se amargan y pierden la sensibilidad que les podría habría salvado y haber permitido tener una vida plena.

Finalmente cayó Grano de Café. Cayó suavemente, pues pesaba poco y nada más tocar la superficie se hundió y desapareció entre el bullicio incesante del agua enfurecida. Fue directamente al fondo y no se supo más de él. Los allí expectantes dejaron de mirar, pues ya no había nada más que ver.

Pero… Algo comenzó a suceder en el fondo de aquél infierno. Desde arriba se vislumbraba algo extraño… algo estaba cambiando. Sal y Pimienta gritaron:

– ¡Atención! ¡Algo está pasando allí abajo!

Durante veinte minutos, Grano de Café, metido de lleno en el problema, decidió generosamente ofrecer lo mejor de sí mismo y fue capaz de teñir absolutamente toda el agua de un color marrón precioso, intenso y brillante. Desde su pequeñez y fragilidad transformó el terrorífico problema en una maravillosa taza de café, sin dejar de ser él mismo.

Era un café con personalidad, con sabor, con consistenciatransformó un problema en una realidad totalmente nueva creativa y genial.

Y no sólo eso: a parte, consiguió inundar con su agradable aroma a todas las personas que estaban en la cocina y hacerlas participar generosamente y agradecido de su re-ser.

¿Quien eres tú ante un problema? ¿Zanahoria, Huevo o Café?

Presentación en Barcelona: ‘177+1’

‘177+1’ 12/03/08, Barcelona-Ramblas de Catalunya, 20:00 El gran día había llegado. Yo iba acompañado de mi buena amiga Alba, que había venido desde Gijón. Íbamos rápido, pues sólo quedaban quince minutos para que comenzase el acto. Al girar por la calle Diputación, justo delante del Hotel Calderón, el corazón se me disparó al ver que […]

‘177+1’

12/03/08, Barcelona-Ramblas de Catalunya, 20:00

El gran día había llegado. Yo iba acompañado de mi buena amiga Alba, que había venido desde Gijón. Íbamos rápido, pues sólo quedaban quince minutos para que comenzase el acto.

Al girar por la calle Diputación, justo delante del Hotel Calderón, el corazón se me disparó al ver que a lo lejos había gente esperando en la puerta de la Librería Excellence. Miré a Alba, y bajo su siempre bella y serena mirada, sin decir una sola palabra me sonrió y me tranquilizó, como siempre ha hecho desde que nos conocimos, y continuamos caminando juntos en silencio.

La verdad es que fue muy emocionante. ¡Había tanta gente! Habían personas abrazadas y emociones descontenidas. Como cuando Mariya llegó a la Estación de Francia desde Varsovia, ¿Recordáis? “un baile de personas abrazadas que se reencontraban y se conmovían en cada abrazo y en cada reencuentro”.

Auditorio de la Librería Excellence, 20:15
Así que comenzamos a bajar al auditorio y nos pudimos ir sentando, tres presentadoras/es de excepción hablaron: Marta, Alejandra y Jordi. Ellos eran mis amigos y valedores. Y después, entre nervios y una profunda emoción, comencé a destilar lo que iba a ser la narración del “Gesto de Manuel”: La presentación había comenzado.

Sin embargo, esta vez iba a ser diferente, pues Manuel, hoy un periodista, una persona vital y alegre, había venido. Vino acompañado de una amiga, de su madre y de su hermano, a escuchar por primera vez su historia explicada desde mis labios.

Él estaba con los ojos humedecidos. No podía terciar ni una sola palabra. Estaba sentado cerca de mi familia, en las primeras filas. Estaba tan cerca de mí… Su historia había sido escuchada y había ayudado a tanta gente, a prostitutas, adolescentes, publicistas, maestros, directivos, policías, políticos… y nadie sabía quien era, ni cual era su rostro, ni cómo sonaba su voz.

Mientras contaba su relato, casi no le podía ni mirar a la cara, pues cada vez que lo hacía, se me cortaba el habla. Y mira que la he contado veces, pero… esta vez, tenía a su protagonista, a su madre y a su hermano delante. Tan desconocidos y desapercibidos para los que allí estábamos, y la vez tan cerca, conocidos e íntimos para todos.

Después de acabar, se hizo un suave silencio en la sala, con una sensación muy bella de paz.

Sin embargo, me sucedió algo extraño. En medio de aquel silencio y mirando hacia los asistentes, me di cuenta de que alguien más había venido aquella noche a acompañar a Manuel. Estaba entre nosotros. Estoy totalmente seguro de que a parte de las 177 personas que allí estábamos, había alguien más. Estaba escondido entre la gente. Nadie lo vio pero nos escuchaba y nos acompañaba desde muy lejos, pero a la vez desde muy cerca, desde el amor, la comprensión y la gratitud. Hace ya mucho tiempo que él también forma parte de nuestras vidas:
el padre de Manuel.

Gracias!

La pérdida de memoria: “amnesia vital”

Evolutivamente tiene más sentido acordarse de los peligros que nos acechan que de los detalles que nos hacen disfrutar enormemente a cada momento y progresar. Es por esto que una simple discusión o un desafortunado detalle nos pueden hacer amargar el día; y sin embargo las pequeñas o grandes cosas que nos hacen ser muy […]

Evolutivamente tiene más sentido acordarse de los peligros que nos acechan que de los detalles que nos hacen disfrutar enormemente a cada momento y progresar.

Es por esto que una simple discusión o un desafortunado detalle nos pueden hacer amargar el día; y sin embargo las pequeñas o grandes cosas que nos hacen ser muy felices se nos pasan por alto. Damos más importancia a la amenaza que a la oportunidad.

Hay personas que centran su ocupación (no su preocupación) en los problemas y dedican el resto de su tiempo a reconocer constantemente las bondades y los placeres de les rodean. Sin embargo hay otras personas, cuya capacidad para sentirse agredidas es tan elevada, que no pueden dedicar su atención a ser seres vitales y plenos. Están preocupadísimos en salvar constantemente sus vidas de todos los “enormecidos” minúsculos detalles inconvenientes, convertidos en gigantes dramas: ¡Están en guerra constante!

El pensamiento “preocupativo”, no es más que una reminiscencia de nuestros ancestros compulsivamente emocionales. Entonces era más práctico temer a cualquier cosa, que dedicarse a disfrutar y reconocer la vida y la oportunidad de “ser feliz” a cada momento. En la selva, era más importante sobrevivir que vivir.

Hoy en día, seguimos siendo expertos temerosos, preocupados aplicados y dramáticos hasta el tuétano. Hemos olvidado que el ser humano está preparado para vivir: aunque no entrenado. Sin embargo, un problema de memoria hace que se nos olvide constantemente.

Una prueba de ello es que nuestra memoria poco madura y mal entrenada, cuando se despierta por la mañana, no suele bombardearnos con recuerdos enormemente positivos y placenteros, cuando la realidad es que seguro que tenemos grandes motivos para ser muy felices. ¿Dónde está la vitalidad matinal que nos debería embriagar y motivar? Nuestra memoria se olvida de recordarnos lo motivos para vivir, ocupándose de recordarnos todos los peligros y amenazas que nos deparan para el día de hoy. ¡Cualquiera se levanta contento!

Nos olvidamos constantemente de nuestra suerte, de nuestro sentir, de que lo importante es estar aquí hoy y que sólo hoy puede ser posible algo. Suena raro, ¿verdad? Tranquilas/los: sólo es un problema de hábitos perceptivos. Se llama “amnesia vital”.

Para pasar de ser una persona “superviviente” a ser una persona “vital”, hay que entrenarse: gimnasia para la mejora de memoria emocional. Uno no se puede poner el traje de la vitalidad de la noche a la mañana. Sobretodo, cuando nos han enseñado a desconfiar, a temer, a huir, a agredir… La inteligencia emocional, nos permite sacar el máximo rendimiento de nuestra potencialidad y convertirnos en personas “vivas” y no en supervivientes. Deberemos acordarnos de quienes somos y de recuperar nuestra memoria vital. Sino seguiremos dormidos en el olvido perpetuo.

Será necesario ser consciente de nuestro torrente abrumador de las sutiles y disimuladas emociones negativas, que nos hacen ser sutil y disimuladamente agresivos, vengativos, poco generosos, distantes…

Las emociones son más que rápidas y contundentes en su aparición y en su acción. Son muy incontrolables justo cuando se están produciendo. Será necesario trabajar en prevención, cuando éstas aún no han aparecido. Justo cuando en nuestro interior hay emociones más positivas y sanas: ¡Ese es el momento ideal!

Tu memoria, igual que la de cualquier persona, hace accesible las emociones, pensamientos y actitudes que tú consideras importantes. Si esas emociones que sientes son mayoritariamente negativas o simplemente te privan de una calidad de vida saludable y plena: es que has aprendido que las emociones y vivencias importantes para ti son precisamente esas.

La memoria se preocupa de las cosas que tú consideras importantes. Sobrevivir o vivir: esa es la cuestión.

Cuando nos olvidamos de vivir, sólo nos queda la supervivencia y morder el polvo todos los días.

La pérdida de la memoria vital nos condena a la pérdida de la vida y a las galeras de la preocupación constante.

Recordar tus motivos vitales y entrenarse para ser feliz tiene un precio y una recompensa: entrenarse para vivir y la felicidad.

El cuento

“Había una vez un señor que tenía una camisa blanca en su armario. Se la ponía todos los días de fiesta. Vivía en una cabaña, lejos del poblado. Dicen que todos los días se iba a pescar silbando una alegre canción.

Corrían por aquél entonces noticias que el rey de aquél país, estaba muy interesado en ser feliz. El rey, entendía que para tener algo, había que quitárselo a alguien que ya lo tuviese. Fue por esto, que harto de ser un infeliz, pensó en subir los impuestos hasta que sus arcas rebosasen de dinero hasta reventar. Los habitantes de aquél país, no podían soportar aquellos pagos tan elevados. Algunos comenzaron a perder la felicidad, pues cuando falta el pan… ¿qué se puede esperar?
El rey, no contento y no feliz aún, pensó en comenzar a cobrar en especies, pues intuía que si todavía no era feliz era porque todavía no era demasiado rico. Desplumó a todos de todo. Dejó el reino en la más absoluta pobreza. No quedaba ni un céntimo, ni un saco de harina, nada… sin embargo, él no estaba feliz aún. Al contrario, cada vez estaba más agrio y furioso.

Ante el desespero, mandó llamar a sus mejores caballeros y les dijo:

-Lo más probable es que alguno de los aldeanos tenga la felicidad en su poder y por eso yo aún no la he encontrado. Quiero que vigiléis a todos y cada uno de los habitantes del país, pues alguno de ellos debe tener escondida la felicidad que yo no tengo.

Y así fue. Sus treinta caballeros viajaron día y noche por el reino para encontrar a quien fuese que tuviese un atisbo de felicidad. Cuando ya habían pensado en volver con las manos vacías, encontraron en un lago a un hombre, el cual silbaba mientras pescaba con un hilo. Lo siguieron sin que él se diese cuenta y vieron que, como al resto de habitantes, no le quedaba nada de dinero; y su cabaña era más bien una choza desmontada. Es más: su ropa se reducía a una “camisa blanca” que se ponía todos los días, pues no le quedaba otra. Aquél hombre, inexplicablemente contento, atesoraba la felicidad: ¡lo habían encontrado!

Informado el rey, se dispuso en su caballo y se dirigió veloz hasta aquél lugar del reino. Después de un largo camino que duró días, al llegar a la choza de aquél aldeano, desenvainó su espada y acorraló al hombre de la camisa blanca contra un árbol y le dijo:

– Antes de morir, puedes escoger una muerte rápida, si me dices dónde guardas el motivo de tu felicidad. Si no me lo dices, igualmente, mis caballeros removerán hasta el último gramo de tierra de tu parcela hasta encontrarla. Así que elige.

– Mi señor – dijo él.

Cierto es que tengo un motivo para ser feliz. No me lo ha puesto usted fácil durante estos meses. Sin embargo no es un motivo que lo tenga escondido en ningún lugar: está a la vista de todos, pues sinó no sería motivo de felicidad.

– ¡Habla ya! – respondió el rey.

– También he decirle que, por muy aparente que sea mi motivo, Vos no podrá ser feliz con él.

– ¡Yo puedo tener lo que quiera, miserable! Dime! ¿Dónde está?

– Vos no podrá ser feliz nunca, pues yo tengo algo que Vos no poseéis.

– ¿Qué es? – gritó.

El hombre de la camisa blanca, sonriendo le dijo en voz baja: – Se llama “ilusión”

Fin.

La memoria es selectiva… sólo recuerda lo que considera importante recordar.

Cuando reduces la velocidad, aparece la vida

¿No has pensado alguna vez en que todo pasa demasiado deprisa y sin demasiado placer? Acelerar la velocidad y subir el volumen, no hace más que amputar el paisaje, aumentar la concentración en la supervivencia y arriesgar la continuidad del camino. Bajar la velocidad, en cambio, supone detener el tiempo a propósito, a tu voluntad. […]

¿No has pensado alguna vez en que todo pasa demasiado deprisa y sin demasiado placer?

Acelerar la velocidad y subir el volumen, no hace más que amputar el paisaje, aumentar la concentración en la supervivencia y arriesgar la continuidad del camino.

Bajar la velocidad, en cambio, supone detener el tiempo a propósito, a tu voluntad. Sólo las personas que son conscientes pueden hacerlo. Ellos son buenos “catadores” de la vida, que se toman el tiempo adecuado en saborear lo que consideran un valioso y motivador momento. Ellos conservan el secreto de la eterna juventud, pues detener el tiempo es vivir con el corazón joven para siempre. Cazadores de detalles y sensaciones, de minúsculos rubíes, de diminutas joyas, de pequeños momentos y cotidianas cosas.

Bajar la velocidad supone enterarse de lo que está pasando. Subir la velocidad significa volverse ciego emocionalmente y morir en vida sin haber vivido. Hacer menos es hacer más: Esa es la paradoja a la que generosamente nos invita la vida cuando somos conscientes de ella.

Cuando frenamos el tiempo a la hora de cenar, mirar a los ojos, hacer el amor o trasladarse al trabajo; todo se reconvierte en: que cada cena es un momento de recogimiento y de personal cuidado, perderse en una mirada o en todas ellas, sumergirse en el orgasmo más completo y prolongado y pasear cada mañana antes de ir a trabajar en lugar de traslados… amar y agradecer en constancia. Seguramente la cantidad será menos, pero la sensación de vivir será infinitamente más. Y de vivir se trata, ¿verdad?

El amor nace en la lentitud de la observación y en los rincones menos sondeados. Ante la velocidad, el amor se disimula y cuesta percibirlo. El bosque del perdón y la gratitud ni se ve. Pasas con tu moto vital a grandes velocidades, y aunque pases casi rozándolos, ni te enterarás de su presencia. Amor, Gratitud y Perdón son invisibles a la alta velocidad.

La ternura y el diálogo precisan de velocidades de paseo, de buenos momentos relajados y de bellos paisajes detenidos para el momento.

Sin la velocidad, disminuye el ruído (efecto secundario de la rapidez), y permite abrir los ojos al universo sonoro, del detalle acústico de un beso, de la fragancia sonora del caminar de los que amamos, de las noticias musicadas de un sutil y escondido “te quiero” y del chascarrido y gracia de una risa robada en un disimulado momento. Una gran orquesta está sonando para ti mientras el ruído de tus motores a cien por hora la callan y te privan de ella, haciéndote morir en cada momento no vivido.

¿Has oído alguna vez el sonido de un abrazo? Un niño sí… pues oye ante la lentitud de su madre, en el devenir de su acogedor abrazo, una música celestial para tan inveloces y párvulos oídos…

Deteniendo el tiempo nos liberamos de él y devenimos más vitales, más libres y más humanos.

Bienvenidos a ‘RE-SER’

De pronto, una señora, casi una abuelita, que estaba entre los asistentes, alzó la mano y dijo: – ¿Qué significa ‘Re-ser’? No creo que salga en ningún diccionario… ¿lo podría explicar? – Claro – Dije yo. ‘Re-ser’: significa Renacer… como el agua es el fruto del calor aplicado al hielo, así es un manantial, que […]

De pronto, una señora, casi una abuelita, que estaba entre los asistentes, alzó la mano y dijo:

– ¿Qué significa ‘Re-ser’? No creo que salga en ningún diccionario… ¿lo podría explicar?

– Claro – Dije yo.

‘Re-ser’: significa Renacer… como el agua es el fruto del calor aplicado al hielo, así es un manantial, que sin renunciar a su esencia, cambia su forma helada y yerma por la exhuberancia del nacer de un rio: fuerte, lleno de vida, limpio, cristalino… cuanta belleza. (…) Somos creación constante.

‘Re-ser’ precisa de la imaginación que transforma el presente personal… volver atrás nunca es válido: Sería una pérdida de recursos y energías incalculable… nadie se merece volver atrás, pues seríamos “muertos vivientes” que viven vidas de seres que ya no existen, ni volverán a existir.

Yo os propongo una segunda oportunidad, (y una tercera, cuarta, quinta, etc)

Re-ser supone reciclarse: reinventarse a uno mismo: Renacer desde ti mismo: Optar por la regeneración personal y levantar el vuelo hacia nuevos horizontes.

Todos estamos invitados a continuar, pero transformándonos. Se trata de cambiar el prisma: Reciclar tu forma de pensar, de ver la vida: volver a nacer. ¿Cuantas veces no hemos estado en un buen momento y concebimos a éste como algo negativo, como una desgracia, como un momento o situación desastroso? ¿Podrías destilar de ese pasado drama una sensación de enorme gratitud? No puede haber ningún perdón sin un bálsamo de gratitud que bañe el alma. No se puede renunciar al pasado… eso es pan para hoy y trauma para mañana.

Re-ser es Ser nuevamente: amanecer sin renunciar a nada y aspirando a todo, como un nuevo día soleado; reconciliar el pasado, amar el presente y tener esperanza para el futuro.

Y cuando renazcáis seréis río que bañe el valle, seréis fuente de riqueza a vuestro paso, seréis aguas mansas para el sosiego, aguas rápidas para ofrecer energía, vida para vuestros valles a vuestro paso.

Re-ser es un milagro, que cuando se manifiesta, puede transformar a quien renace y a quien lo contempla. Estad atentos, pues podría suceder en cualquier momento.