(Dios ha pedido ser un acampado más en Pl. Catalunya. Llegó hace unos días, después de cerrar una tienda que tenía en Paseo de Gracia. Me encontré con él en un chiringuito de la plaza y lo reconocí).

¡Hola!

Aquella noche, ya estábamos todos en los sacos de dormir. Sin embargo, no pudimos dejar de hablar con la linterna encendida. Dios había quedado muy consternado por las palabras de Selegna del día anterior, y le costaba conciliar el sueño.

– ¡El miedo es incorregible, Dios! ¿Cómo es que no has hecho nada con él todos estos miles de años? Lo podrías haber convertido en alguna otra cosa, ¿no? – Le dijo uno de los acampados desde su saco.

– Mira, joven, – le respondió Dios. – A lo largo de los años, al miedo lo he ido convirtiendo en todo aquello en lo que él mismo tenía miedo. Al principio, el miedo era como un ratón. El ratón, siempre preso del pánico por un gato, lo acabé convirtiendo precisamente en gato, para que así pudiese superar el miedo.

Sin embargo, el gato reencarnado no dudó en hacer sufrir innecesariamente a todos los ratones que encontraba; y en vez de tranquilizar su miedo, comenzó a temer a un perro. Fue entonces cuando pensé en reconvertirlo de nuevo, esta vez en un perro.

Una vez convertido en perro, éste temió al lobo y en lobo lo convertí. Y una vez lobo, tembló por la presencia de un cazador, y no dudé en convertirlo en cazador. Una vez con esta forma, el cazador no dudó en cazar indiscriminadamente y a su vez temió por su rey, y en sumo monarca lo convirtió mi poder.

Pensé que sería un rey justo, pero ¿Quién puede ser justo, siendo rey? Y tal cual el dicho, governó con mano de hierro implacable y naturalmente volvió a temer… esta vez por la muerte.

No dudé ni un momento en convertir al miedo en muerte y a su vez en dinero y poder.

De nada sirvió. En cada una de las reencarnaciones, volvía a sentir miedo sin remedio, cada vez por algo diferente. Y es que el temor simpre encuentra un motivo para temer.

Pensé que cuando llegase la democracia al mundo, quizá podría reencarnarlo en algún grupo de seres humanos unidos alrededor de la paz… Pero tampoco funcionó. Lo convertí en grupos políticos conservadores y liberales… pero estos, aunque perdieron el miedo a la muerte (pues pensaron que lo seguros de vida, las mutuas privadas y las clínicas antienvejecimiento los alejarían de la muerte), lo hicieron nacer frente a las personas con pocos recursos, y no dudaron en maltratarlos de muchas y diferentes maneras por muchos años. Todo continuaba igual.

El miedo, instaurado en el mundo de una manera rotunda en este tipo de personas, comenzó a acumular recursos y más recursos, tal cual el síndrome de Diógenes. Lo importante era acumular y acumular sin límite… Así son ellos: Han vaciado el planeta de recursos y se lo han guardado en sus bolsillos, y ahora, no quieren repartirlo: tienen miedo.

– ¿Y compartir?

– Ja, ja, ja – Sonrió Dios. – El compartir, históricamente, no se lleva bien con el miedo.

– ¿Eso quiere decir que los grupos que se dedican a conservar recursos y poder, tienen miedo? – Preguntó otro acampado.

– No es que lo tengan, – Dijo Dios. – Sinó que lo representan. Solo aquél que teme se pasa la vida quitando a los demás para tener él más. Por eso cada vez que alguien decide compartir, los grupos conservadores se ponen nerviosos: a veces en forma de rey, otras en forma de dictador y otras simplemente en grupos conservadores, liberales o bancos. Cada vez que alguien decide consensuar y ser democrático, estos grupos sacan la violencia a la calle contra quien clama por la paz y el compartir. Recuerda: la violencia y el ansia de poder, no son más que un disfraz más del miedo.

– ¿Y el Amor? ¿No pudiera ser una solución? – Preguntó un policía que iba de incógnito, (y que ya se ha sumado a los acampados).

– ¡Por supuesto, amigo, y lo es! Fíjate, aparece cuando ya no hay nada que retener ni conservar. Solo se puede manifestar cuando lo innecesario, lo violento y el miedo se ausentan. En esta plaza me siento como en casa. Ojalá la hubiese descubierto antes. Aquí todo está limpio. Todos cuidan la higiene y el cuidado de todos. Es un lugar donde se deciden las cosas importantes entre todos y donde la no-violencia y el respeto es la única norma.

Dios ya estaba muy cansado, pero no quiso dormirse sin antes decir:

– Cualquier persona que levanta la mano a alguien, te aseguro, que es por miedo: por puro, aunque disfrazado miedo. Tanto él como todos los que los apoyan y trabajan por él son presos del miedo más profundo, de la ignorancia más ciega y la más ceguera emocional que puedas imaginar… aunque ellos no lo sepan.

– ¿Pero miedo a qué, Dios? – Dijo una madre de dos niños allí acampados.

– Miedo a lo diferente, a no ser aceptado, miedo a morir. Miedo a no ser. Miedo a ser feo, a ser pobre, a no ser querido. Miedo a todo lo que signifique enfrentarse a ellos mismos. Miedo a saber que pertenecen a la humanidad, y no la humanidad a ellos. Miedo a ser iguales a los demás, miedo a ser finitos. El miedo, como te dije, busca cualquier excusa para manifestarse.

Gracias a todas las personas que han hecho posible que a mí y a unos centenares más nos hayan agredido como animales. No os lo tenemos en cuenta. Sabemos quienes sois y de dónde venís. Solo deseamos que esta enfermedad que tenéis de pegar, de ser violentos y de no compartir, se os pueda curar pronto y podamos vivir todos con más dignidad en todos los sentidos. Os invitamos a venir a nuestra plaza a pedir perdón por tantos cientos de años destrozando la vida de seres humanos. Os invitamos a venir a nuestra plaza y hacer un mundo más justo y en paz, donde nadie, repito, nadie, tenga que estar solo, ni hambriento, ni enfermo y sin un techo sin poder pagar.

Ojalá no se le vuelva a ocurrir a nadie nunca más, que para avanzar como país, primero hay que echar a los niños de las aulas públicas una hora cada día, o que a nuestros mayores se les niegue la entrada en los hospitales, ni que se estime adecuado dejar en la pobreza a miles de familias por no querer compartir con ellas lo que a unos pocos tanto les sobra ¿Es eso avanzar como país?

Dios está muy entristecido con vosotros. A ver si os enrolláis y me lo ponéis contento, que ya son cien mil años de humanidad con esta broma de mal gusto.

Santi

¡Hola!

Estos días he estado en las concentraciones en Plaza de Catalunya, en Barcelona. Hacía tiempo que no vivía tan buenas y humanas sensaciones. Me he sentido rodeado de empatía, de ganas de compartir y de abrir la puerta a la justicia atendiendo primero a las personas y no al dinero y al poder.

Allí también estaba Arcadi Oliveres, el mismo que me honró y me acompañó el lunes pasado en una conferencia. Están siendo unos días en los que uno se siente más satisfecho de ser un ser humano. Cuánta gente decente y digna; cuántas personas sinceras, humildes y dispuestas a compartir. Cuánta esperanza por un mundo realmente mejor para todos.

Por un momento tuve hambre, así que me fui rápido a tomar un bocadillo a un bar.

Y quiso la vida, que en la barra del bar, conocí a una señora de unos cuarenta y pocos, con aspecto forzadamente joven, pero claramente envejecida como persona y con un diminuto interior. Era de aquellas personas que tienen mucho que decir y poco que escuchar. Se llamaba Selegna.

Era de aquellos seres humanos que piensan que para conserguir su objetivo en la vida no importa el “cómo lo hagas”: lo importante es llegar, “sea como sea”; y que lo realmente valioso es el “yo”, no el “nosotros”. Bueno, lo del “nosotros” podía ser válido, si se puede excluir a alguien… En fin, más de lo mismo.

Me contó que ella pagaba una mutua sanitaria y que lo sentía por quien no la pudiese pagar, pero que la vida es así: “selectiva”.

– Estos acampapados – Me decía – No son más que unos inconscientes que quieren más de lo que se les ha dado… – Me dijo convencida de su discurso. – ¡Qué trabajen y se dejen de “campings”!

– Señora, perdone, pero ¿está usted segura de lo que dice?

– Mira, no sé quien eres, pero te lo voy a decir muy claro: ¡Para salir de toda esta crisis hace falta mano dura! ¡Hace falta recortar! ¿Qué me van a dar a mí ahí esta panda? ¡Son lo peor de la sociedad! ¡No tienen nada para darme ni a mí ni a nadie!

Después de oír tanta amargura e insensibilidad, tenía muchas ganas de marchar, pero no lo hice sin antes explicarle un cuento que me contó mi amiga Montse ayer sábado. Dice así:

“Un buen día, una mujer de nombre Selegna (como ella), encontró una tienda nueva. Era una tienda que habían abierto en la mismísima Plaza de Catalunya… Le gustó tanto la entrada, que no pudo resistirse a entrar, y cuál fue su sorpresa, cuando descubrió que la persona que había detrás del mostrador no era otra que el mismísimo Dios: ¡Dios había abierto una tienda en Plaza de Catalunya!

– ¿Qué vendes? – Le preguntó Selegna a Dios muy ilusionada.

– Todo lo que puedas desear. – Le respondió Dios.

Selegna no pudo creerse la suerte que tenía y comenzó a pensar en todo lo que iba a pedirle a Dios en aquel mostrador. Y después de pensar y pensar le dijo:

– ¡Dios! Quiero felicidad para toda la vida, y paz para mi alma. También me gustaría tener sabiduría y que mis proyectos sigan el camino del éxito. Quiero realizarme como persona y que todo me salga bien…

Dios, sonrió y le dijo:

– Ja, ja, ja. Eso no te lo puedo dar, Selegna. Pero te puedo dejar algún truco/receta para que se cumplan tus deseos. Te leo:

Ingrediente número 1: Todo lo que desees para ti, debes desearlo primero con más fuerza aún para los demás, y trabajar por y para por ellos. Eso te podría dar felicidad.
Ingrediente número 2: Te aconsejo que cambies el “yo” por el “nosotros”, eso te podría dar sabiduría.
Ingrediente número 3: Reparte lo que tienes hasta que te asegures que nadie pasa hambre ni necesidad, y entonces podrías ser una persona con éxito en tus proyectos; y hasta podrías llegar al final de tus días con decencia y morir con dignidad.

Selegna, no entendía nada de lo que le estaba diciendo Dios…

– ¡Ah! Y una cosa más, querida Selegna, creo que me has entendido mal. Aquí no tenemos frutas. Aquí sólo hay semillas…

“Las semillas son esperanza compartida a la espera de un nuevo bosque sano, joven y verde… donde haya un sitio digno para todos y cada uno”.

¿Quieres ser semilla?

Santi

¡Hola!

Ha sido un fin de semana agitado. El sábado me reuní con unos antiguos amigos de un trabajo que tuve cuando tenía tan solo veintiséis años. Fueron años de mucha felicidad. Habíamos quedado en Sitges para cenar. Se trata de un pueblecito precioso de costa en el sur de Barcelona.

Llovía a cántaros, y en vez de ir en coche, se me ocurrió viajar en tren. La cena fue genial. Sin embargo, a la vuelta, ya de noche y sin cesar de llover, perdí el último tren que volvía a Barcelona. Allí estaba yo: una estación desierta, de noche, lloviendo como si el mar entrase en el pueblo y sin poder salir de la estación.

Allí, entre otras cosas, pudimos entre hablar con varios de los pseudopasajeros que como yo, habíamos perdido el último tren, y debíamos esperar hasta más entrada la noche a un bus nocturno que posiblemente nos podría llevar hasta Barcelona.

De pronto, después de un terrible relámpago, se apagaron todas las luces de la estación y de la calle. Todos quedamos en silencio y en la más absoluta oscuridad. Después de asegurarnos de que todos estábamos bien, nos sentamos en el suelo y comenzamos la que sería una larga noche de historias contadas.

Y entre charla y charla, acabamos hablando del equipaje de cada uno. Yo llevaba una mochila (la de siempre), con un libro, una libreta, una bufanda y unos lápices. Otro llevaba una maleta enorme, pues iba de viaje. Una chica del color del cacao llevaba solamente un bolso. Una señora con su marido, oriundos de la France, solo llevaban lo puesto… Y entre otras, pensé en contar esta historia de Anthony de Mello, que sigue. Espero que os guste:

“Durante el siglo pasado, un turista de Barcelona, fue a visitar al famoso rabino Hofetz Chaim.

Cuando llegó a la casa del sabio quedó sorprendido al comprobar que la casa del rabino era solamente una modesta habitación y unos pocos libros y quizá nada más.

¡Quizá solamente había una mesa y una silla!

– ¡Rabino! ¿Dónde están sus muebles? – Le preguntó el turista.

– ¿Mis muebles? – Respondió el rabino. – ¿Y los suyos? ¿Dónde están sus muebles, señor turista?

– ¿Los míos? Pero es que yo solamente estoy de visita, Rabino. – Respondió el turista.

– Mira… ¡Igual que yo! – Le respondió el rabino”.

Adaptación de un cuento de Anthony de Mello.

Cuando alguien comienza a vivir más profundamente, también comienza a vivir más sencillamente.

El verbo “poseer”, nos hace dependientes de nuestras posesiones. La pérdida se convierte en patológica y complicada cuando somos seres dependientes.

La inter-dependencia nos hace participar de las cosas, de las personas, de los proyectos y nos distancia de la posesión y nos hace más libres y más ligeros.

Poseer, pertenecer o participar…

Un abrazo desde una estación de tren a media noche.

Santi

Próxima estación: ¡Actúa!

¡Hola! Esta última semana, vino un cliente a visitarme. Él vive a unos setecientos kilómetros de Barcelona. Es una persona con con unas ansias de poder que no lo dejan vivir. La primera vez que hablamos por teléfono, me advirtió de lo poderoso que era, y de lo importante que era su círculo social. Era […]


¡Hola!

Esta última semana, vino un cliente a visitarme. Él vive a unos setecientos kilómetros de Barcelona.

Es una persona con con unas ansias de poder que no lo dejan vivir. La primera vez que hablamos por teléfono, me advirtió de lo poderoso que era, y de lo importante que era su círculo social. Era un señor influyente, pues pensaba que a través de la influencia podría comprar todo aquello que se le antojase.

Sin embargo, Luque, ya tiene cerca de los sesenta y cinco. Ha perdido a su mujer, que se dedicó a actividades más humanas y se separó de él. Ha perdido a sus hijos, pues ellos también creen y necesitan el poder y ahora ya menosprecian a su padre pues se les ha quedado pequeño y lo consideran un fracasado. Tiene amigos de conveniencia y algún que otro colega de copas. Se sentía enormemente solo…

– Señor Luque. –  Le dije. – ¿Ha hecho alguna cosa estos años para poder mejorar su vida?

Luque, me sorprendió cuando me respondió:

– Santi, desde mi juventud, que cada año viajo hasta el norte, y subo a la montaña más alta de los Picos de Europa. Allí, abro uno de mis libros más queridos y leo en voz alta la Carta de los Derechos Humanos. En ellos he basado mi vida y quiero que resuene su eco por todas aquellas inmensas montañas…

Yo me quedé pensando en lo que me decía, cuando Luque, interrumpió mi silencio:

– ¿No te parece una buena práctica? ¿Porqué te has quedado tan pensativo? ¡Piensa que incluso ha habido años, que he subido con compañeros de trabajo, con amigos! ¡Incluso he subido con alguno de mis hijos!

De pronto, un silencio de espanto, le sobrecogió y miró al suelo asustado, a la vez que unos instantes más tarde añadía:

– Y a pesar de todo, no entiendo porqué la vida me ha ido tan mal. ¿Porqué me siento tan solo? ¿Por qué sigo teniendo la sensación de vacío y de angustia?

A lo que le pregunté:

– ¿Y este año, piensas ir de nuevo a cumplir tu promesa de lectura de principios a los Picos de Europa? – Le pregunté yo.

– Sí… el mes que viene. Pero esta vez pienso ir más lejos, pienso ir al Nepal. ¿Porqué lo preguntas? – Me dijo. A lo que le respondí:

Considero que sin lugar a dudas, eres un gran lector. Sin embargo ¿Porqué este año no te quedas en tu casa y en vez de leer el Tratado de los Derechos Humanos no decides ponerlo en práctica?

– La cultura de la acumulación de poder suele llenarse la boca de principios éticos y de valores humanos que por principio nunca podrá practicar, pues el ansia de poder y la moral son incompatibles.

– Hay quien basa su vida en lecturas y palabras… y otros que la basan en su toma de decisiones y en sus hechos.

– Quizá ya ha llegado el tiempo de dejar de envolvernos en buenas palabras y en arriesgarse y llevarlas a la práctica. Quizá ha llegado el tiempo del despertar y arriesgarse a compartir más y mejor y a no permitir que a nadie se le reste dignidad.

– Quien resta dignidad a alguien, automáticamente la pierde con creces.

Santi

¿Cómo es la luz de tu linterna?

Hola! La semana pasada estuve viajando por temas de trabajo, y no volví a casa hasta ayer sábado. Estuve por Amposta, Barcelona, Igualada, Manresa, Vic… La noche que viajaba de Amposta a Barcelona, estuve a punto de quedarme sin combustible. Sin embargo la suerte llamó a mi puerta, al ver que a 500 metros aparecía […]

Hola!

La semana pasada estuve viajando por temas de trabajo, y no volví a casa hasta ayer sábado. Estuve por Amposta, Barcelona, Igualada, Manresa, Vic… La noche que viajaba de Amposta a Barcelona, estuve a punto de quedarme sin combustible. Sin embargo la suerte llamó a mi puerta, al ver que a 500 metros aparecía una solitaria gasolinera. ¡Estaba salvado! Salí del coche y me dirigí rápidamente hasta la oficina, y cuál fue mi sorpresa cuando la chica me dijo:

–  Lo siento, señor, tenemos un problema eléctrico y estamos esperando a que venga alguien a arreglarlo. Hasta entonces, no nos funcionan los surtidores. – Me dijo la joven detrás del mostrador.

–  ¡Necesito repostar! – Le dije. – ¡He de llegar esta noche a Barcelona! ¿Cuánto tendré que esperar? – Le pregunté.

– No lo sé, señor. Lo siento mucho, pero es lo que hay.

Así que resignado, volví al coche y me senté a esperar dentro de él, la primera hora, y después, cansado, volví a la estación de servicio, donde no había nadie más que la joven.

De pronto, en la oscura noche, se prendió la lluvia y comenzó a diluviar como si se fuese a acabar el mundo. Curiosamente, ya hacía más de dos horas que no había parado ningún coche por allí.

Yo seguía leyendo y hablando con la chica, hasta que entre el diluvio que caía, apareció una luz parpadeante en medio de la oscuridad y la tupida cortina de agua, que se intuía lejos. Los dos nos fijamos en ella y vimos algo inquietos como aquella luz cada vez se acercaba con más determinación hacia nosotros. Francamente: nos asustamos. De pronto, alguien gritó fuera y más de pronto aún, apareció de golpe ante nosotros, un anciano de extraño aspecto y alumbrándonos con una enorme linterna.

– ¡Vaya noche! ¡No hay tregua para un viejo como yo! – Dijo al entrar rápido en la oficina.

– ¿De dónde viene hombre? – Le dije. –  ¿No ve el tiempo que hace? ¡No es tiempo para viajar!

–  Ja,ja,ja, – Rio el hombre. – De donde yo vengo, siempre hay un momento para viajar. Solo hay que ir bien preparado. ¿No ves el chubasquero que llevo? ¿Y qué me dices, joven, de ésta linterna? – Me preguntó.

Allí pasamos la noche los tres: contando historias, tomando café,  y por supuesto, sin llegar a saber de dónde venía ni a donde iba aquél extraño anciano. Os cuento una de las historias que más me gustó de él:

“Joven, yo llevo una linterna que me ilumina el camino. Absolutamente todos los humanos tenemos una. Sin embargo, no todas las linternas sirven para lo mismo. Hay linternas que deslumbran a los demás, incluso las hay que ciegan a los demás.

También hay linternas personales que dan poca luz, y solo se ve el “corto plazo”.

Hay linternas que dan una luz tan enfocada, que aunque se ve muy a lo lejos, no se ve lo que tienes al lado, ni lo que hay alrededor.

Hay linternas que su luz es tan intensa que hasta pueden quemar a los que se la encuentran y hay linternas cuya temperatura da calidez a quien la contempla.

Hay linternas que son tan grandes que sus propietarios no tienen ni fuerza para sostenerlas y pierden su vida llevándolas a cuestas… estas son las grandes linternas; en cambio hay linternas tan pequeñas, que parecen luciérnagas, y unas con otras alumbran un cielo lleno de estrellas.

Hay linternas que dan una luz difuminada, una luz enorme y amplia, que respeta la luz de los demás y no las solapa, sino que las potencia y complementa…

Cada ser humano tiene una luz… aunque no todas las luces son iguales”.

¿Cómo es la luz de tu linterna?

Un abrazo desde una gasolinera en medio de las hermosas tierras del Ebro.

Santi

La ciudad espejo

Hola! Espero que estos días os hayan sentado bien. Esta tarde, he ido a visitar a uno de mis más queridos amigos. Creo que durante estos años, en alguna ocasión os he hablado de él: se llama Lluís. Él es de aquellas personas que nunca dejan indiferente a nadie. Sabe acercarse a las personas de […]

Hola!

Espero que estos días os hayan sentado bien.

Esta tarde, he ido a visitar a uno de mis más queridos amigos. Creo que durante estos años, en alguna ocasión os he hablado de él: se llama Lluís.

Él es de aquellas personas que nunca dejan indiferente a nadie. Sabe acercarse a las personas de una forma amorosa, sencilla y humilde. Los que le conocen en su día a día, le llaman el “hombre blanco”, pues dicen que su interior es blanco como la luz y brillante como el sol. Lluís es una de mis más secretas recetas para vivir con la paz metida en el alma. Si algún día lo veis… no le dejéis escapar, su compañía calma, cura y despierta.

Justo ayer, como os decía, nos perdimos caminando por un camino precioso en las afueras de Vic. En nuestro paseo, me contó esta historia que sigue. Os la presto… de parte de Lluís.

“Había una vez un viajero, seguramente un buscador. Pues según Lluís, hay personas que se dedican a buscar, y otras que son “encontradores” (él los llama “trobadores”). Pero esto os lo cuento otro día.

Como os decía, un viajero buscador, después de muchos días de camino, llegó hasta las afueras de una inmensa ciudad. Al pie de la muralla, se abría una puerta enorme, por la que pasaban centenares de mercaderes y otros viajeros. Seguramente, todos ellos ansiaban encontrar allí sus anhelos, saciar sus hambres y conseguir sus expectativas. Nuestro protagonista, apresuró el paso, pues él también quería llegar a su destino; y justo antes de atravesar la puerta, se detuvo ante un niño que allí jugaba y le preguntó:

– Niño! ¿Qué clase de ciudad es esta? ¿Es un lugar agradable? ¿Hay oportunidades para un hombre como yo? – Le preguntó al chiquillo, que se apresuró a levantarse del suelo en el que jugaba.

– ¡Señor! Le veo muy cansado. – Le respondió. – Dígame una cosa antes de que le responda. ¿Cómo es el lugar de donde viene? Dígame: ¿Cómo es el la ciudad donde comenzó su camino hasta aquí?

El hombre, extrañado por la pregunta, le respondió:

– Vengo de un lugar donde el dolor es insufrible, donde la tristeza es lo habitual. Mi ciudad es gris, no hay lugar para los pobres, solo hay sitio para los que tienen “posibles”. Estaba harto y me fui buscando algo mejor.

– Pues no pierda el tiempo, señor. – Le dijo el niño. – Esta ciudad es muy parecida a la suya. Aquí reina la tristeza y no hay trato mejor para el que no tiene.

De esta manera, el viajero, decidió no entrar en aquella ciudad, dio media vuelta y la bordeó, en busca de un lugar mejor.

Una hora más tarde, llegó ante el niño otro viajero, también exhausto, y le dijo:

– Niño, vengo de lejos, estoy cansado. Dime: ¿Cómo es la ciudad que hay detrás de esa puerta? ¿Es un lugar acogedor?

A lo que el niño respondió:

– Dígame una cosa antes de que le responda. ¿Cómo es el lugar de donde viene? – A lo que el viajero le respondió:

– ¡Ah! Mi ciudad es un lugar maravilloso, donde he dejado buenos amigos. No siempre fue fácil la vida allí, pero nos pudimos perdonar. Tenemos un pasado difícil, pero el perdón pudo con mi pueblo, y hoy es un lugar acogedor, donde las gentes son maravillosas. Marché de allí para aprender cosas nuevas.

– ¡Ha tenido usted suerte, señor! – Le dijo el niño. – Justamente esta ciudad que hay detrás de la muralla es muy parecida a la suya. Aquí la gente es humilde, todos se cuidan de todos, pues es el principal valor. Aquí tendrá usted oportunidades y podrá ser querido y acompañado”.

Nadie puede encontrar algo mejor de lo que ya tiene, si en su mente lleva a cuestas su pasado.

Nadie puede esperar una vida mejor, si no se reconcilia con su anterior vida. Sus ojos, no serán capaces de percibir otra cosa, que el dolor que lleva dentro.

Dicen que no hay futuro sin perdón.

Gracias, Lluís. Seres humanos como tú, hacen que muchos continuemos creyendo más en las personas que en el poder y el dinero. Gracias por prestarme tantos momentos de vida.

Un abrazo!

Santi

Somos lo que creemos ser

¡Hola! Hace unos días estuve en una fiesta brasileña, en un local más que interesante, en Barcelona. Es lo que tiene tener amigos de cualquier parte del mundo; es lo que tiene vivir en Barcelona: un lugar donde, como decía una buena amiga que tuve en Cracovia: “en Barcelona, siempre pasan cosas”. Pues como os […]

¡Hola!

Hace unos días estuve en una fiesta brasileña, en un local más que interesante, en Barcelona. Es lo que tiene tener amigos de cualquier parte del mundo; es lo que tiene vivir en Barcelona: un lugar donde, como decía una buena amiga que tuve en Cracovia: “en Barcelona, siempre pasan cosas”.

Pues como os decía, después de salir corriendo del metro, conseguí llegar hasta la misma entrada de un local llamado ‘Ambar’. Allí un enorme ‘black – man’, cuyo diámetro de sus brazos eran mayores que el de mis piernas, imponía con su presencia la entrada a la fiesta.

Con la mala suerte que tengo en las puertas de bares y discos, ya me vi mendigando a la oscura torre humana que me dejase entrar… sin embargo cuál fue mi sorpresa, cuando una sonrisa plena de luz, se entreabrió entre sus labios y me dijo:

–         ¡Bienvenido a la fiesta, meu amigo! – Avanzando sus brazos hacia mi hombro y acompañando mi paso, a la vez que abría la enorme puerta del bar.

–         ¡Gracias! – Respondí yo contento de haber sido tan bien acogido. Sin duda aquél hombre era un experto en acoger personas, en tratarlas bien y dar la dignidad que cualquier ser humano se merece. Sin duda aquella era una gran y especial persona, en medio de la noche… no sé del todo porqué, pero me dio esa impresión.

Dentro, ya os podéis imaginar, un paisaje enorme se perdía entre la semioscuridad semialumbrada por farolillos y focos típicos de un local a la brasileña. Estaba abarrotado de hombres y mujeres repletos de la típica alegría brasileña; llenos de “saudades”, de caipiriñas y dulzura en cada gesto. Es lo que tiene Brasil, que hasta para decirte que “no”, todo te suena a dulce.

Y lo mejor: un mundo de gente bailando samba, al que daban ganas de coger carrerilla y lanzarse dentro de él y perderse toda la noche, sin dejar de bailar.

Sobre las dos de la noche, el simpático ‘Black-man’ entró y se aposentó menos alegre que cuando entré, en un extremo de la barra. Me acerqué y le dije:

–         Meu Amigo! Como voce está?

Me explicó que hacía ya meses que había venido a Catalunya y que no podía trabajar en lo que había estudiado, y que para ganarse la vida tenía que trabajar por la noche… y que tenía “saudades” de su tierra.

–         Talvez eu nunca vou ser um médico. Talvez eu não tenha nascido para isso… [tal vez nunca podré ser médico… Tal vez yo no he nacido para eso…]– Me dijo entristecido y derrotado…

A lo que se me ocurrió explicarle la siguiente historia:

“Había una vez, en un lejano lugar, un cazador se encontró un huevo enorme de águila, en medio del bosque. Sin dudarlo, miró hacia todas partes para cerciorarse de que no había nadie que lo pudiese reclamar y se lo llevó hasta su casa. Después de examinarlo, pensó que lo mejor sería hacerlo incubar por algún animal que pusiese huevos. Así que lo llevó hasta su corral, y las gallinas, expertas en incubar huevos, lo trataron como suyo, pues así lo creyeron.

Un buen día, todos los huevos se abrieron y salieron de ellos un montón de polluelos de gallina. Nuestro huevo de águila fue el último en eclosionar. Al salir miró alrededor y automáticamente se sintió gallina, pues eso es lo que había justo a su alrededor. Y así creció con sus hermanas gallinas y sus padres gallinas. Aprendió a cacarear como una gallina, comía pienso como una gallina y se iba a dormir a la hora de las gallinas. Hasta llegó a aprender a revolotear torpemente y recorrer a medio palmo del suelo un par de metros de su corral… como haría cualquier gallina.

Y los años pasaron y nuestra águila envejeció y dicen que ganó en sabiduría gallinácea. [A todo esto ‘black-man’, iba destilando sus primeras sonrisas de nuestra conversación, y ya me invitaba al siguiente zumo]

Un buen día, un pequeño polluelo, que estaba comiendo junto al águila que ocupaba la mitad del corral con sus alas, vio pasar a una ave inmensa que surcaba elegante y majestuosa el cielo.

– No te hagas ilusiones, pequeño polluelo. – Le dijo nuestra águila que no sabía que lo era. – Ese es el animal más grande e inmenso de todas las aves. Ella es la reina de todo aquél ser que vuela, y desde la altura que solo ella puede alcanzar, puede ver lo que ninguna de nosotras podrá ver nunca. No te hagas ilusiones: Tú nunca podrás ser como ella. Ella es una águila imperial… y nosotras solo somos gallinas”.

Un abrazo desde una noche de primavera en el corazón brasileño de Barcelona!

Santi

Un monje budista al rescate

¡Hola! ¡Espero que estéis bien! Hace unos días, atendí en consulta al director de una fábrica. Me dijo que en su empresa, nadie hacía lo que él decía y que todo salía mal porque su equipo era poco competente. Juan, que así se llamaba, también estaba muy preocupado por la crisis tan dura que tenemos […]

¡Hola! ¡Espero que estéis bien!

Hace unos días, atendí en consulta al director de una fábrica. Me dijo que en su empresa, nadie hacía lo que él decía y que todo salía mal porque su equipo era poco competente. Juan, que así se llamaba, también estaba muy preocupado por la crisis tan dura que tenemos encima.

– Es verdad, Juan. – Le dije yo. Es realmente dura… pero ¿Seguro la crisis que está encima nuestro? A mí me parece más bien que está dentro de nosotros, ¿no te parece?

– ¡En absoluto! – Respondió él. – No te equivoques: ¡La crisis nos viene de fuera!

– Puede ser… – Dije yo pensativo, mirando el suelo.

La conversación nos llevó a pasear por el barrio antiguo de la ciudad, hasta llegar a la antigua “Sinagoga” de Barcelona, en la calle St. Doménech del Call. En realidad, es un lugar muy pequeño, con centenares de años de historia. Justo allí al lado, un mendigo pedía limosna…

– Fíjate Santi, ¡Cómo nos tenemos que ver! – Refiriéndose al anciano mendicante. – Todo esto es fruto de una mala gestión de los políticos que tenemos. ¡Qué vergüenza tener que ver pobres por la calle!

– Puede ser… – Respondí de nuevo, cada vez más pensativo.

Hacía un día precioso de primavera, así que nos encaminamos por el Paseo de Gràcia hacia arriba y nuestros pasos nos dejaron cerca del antiguo Hospital de Sant Pau. Allí, una ambulancia abría rápidamente sus puertas mientras salía de su interior una camilla con una niña preciosa sonriendo, con un pijama de color rosa. La entraron a toda prisa en urgencias, mientras su madre recogía llorando sus enseres del furgón y la hacían esperar en el mostrador de llegada totalmente desconsolada.

– ¿Qué le pasa? – Le pregunté yo. – ¿La podemos ayudar en algo? ¿Quiere que le hagamos compañía? – Mientras entramos con ella a la sala de espera.

– Es mi hija, señor. Está muy enferma y no tenemos dinero para pagar una operación que espera desde hace meses. Además, ahora, parece ser que aún se va a alargar más la espera. Cada dos por tres estamos en urgencias… Es un sin vivir…

Juan, incómodo por la situación me dijo:

– Ves Santi, ¡Qué injusta que es la vida! Parece que Dios ya no se apiada de nada ni de nadie. ¿Cómo puede Dios permitir que una criatura como esta esté enferma y tenga que pasar por esto?

– Ya… – Respondí yo desconcertado….

– Si Dios quisiera, ¡Esto no sucedería de ninguna manera! – Dijo cada vez más alterado. – ¡Seguro que Dios ni siquiera existe, porque un Dios que va de bueno, no puede permitir esta desgracia que está sucediendo!

– Sí… puede ser… – Volví a añadir yo cabizbajo.

Mientras salíamos de allí, un monje budista que también esperaba en la sala de espera, se acercó a nosotros, y con voz muy baja, nos dijo:

– Señor, Dios, sí ha hecho algo muy importante para que todo esto que está ocurriendo no suceda. Dios hizo algo muy grande e importante para que nunca nadie tuviese que pasar hambre; para que nadie nunca tuviese que pedir limosna y para que nadie nunca tuviese que sufrir las consecuencias de una enfermedad a cambio de dedicar recursos a otras cosas menos básicas. Dios hizo algo realmente especial para que cada uno se sienta perfecta y amorosamente acompañado y no pierda nunca la dignidad que se merece.

– Ja, ja, ja! – Dijo Juan – ¿Y qué ha hecho si se puede saber? ¿Donde está eso tan especial, grande e importante que dice, anciano?, porque a la vista están los resultados.

A lo que el monje budista, esperando a que Juan acabase su risa le respondió:

– Dios le hizo a usted.

Que tengáis una muy buena semana.

Santi

La vida me ha llevado a trabajar por muchos lugares del país. Es por esto que entre trenes, coches, aviones y metros, he podido aprender tanto, como de los destinos finales, pues he pasado muchas horas viajando. Un viaje por corto que sea nos enseña.

Hace 5 años amanecía en París, y como de costumbre salté de la cama, ducha, desayuno y a correr hasta el centro. Eran las 8 de la mañana, y aunque la Gare de Lyon estaba abarrotada de gente, entre empujones y prisas, yo y mi ondeante bufanda conseguimos llegar a tiempo para coger el convoy que nos llevaría al destino.

Aquel día debía viajar entre el cosmopolita París y el bucólico Fountainbleu, en un tren de la SNCF. Casi lo pierdo. Sin embargo una vez más la fortuna quiso darme un empujón y me subió en el último instante a un tren que ya humeaba y se desplazaba por palmos sobre los raíles de la estación.

Jadeando llegué hasta un asiento al lado de la ventanilla, por la que más tarde entrarían bellos paisajes… Al poco me di cuenta de que el vagón estaba vacío. Solo estábamos yo y un señor que dormía plácidamente bajo un abrigo grueso, una barba blanca y un elegante sombrero. A su lado había una antigua maleta de piel reluciente muy bien cuidada. Era de aquellas que se cerraba con correas y brillantes hebillas. Aquella postal parecía de otra época y su sueño un eterno placer.

De pronto entró el revisor pidiendo los billetes. Yo saqué el mío enseguida y se lo entregué.

– Bon voyage! – Me dijo después de comprobarlo.
– Merci beaucoup, Monsieur! – Le respondí yo.

Y a continuación se dispuso a despertar al viajero del tiempo, (así lo bauticé yo).

– Monsieur! Le billet si’l vous plaît! – Le dijo con voz alzada.

El hombre durmiente se despertó de pronto, y nervioso comenzó a buscar por todas partes su billete… Pero no lo encontraba. El señor que había debajo del elegante sombrero cada vez estaba más alterado e incluso con un cierto aire de desespero. Miró por todas partes, abrigo, camisa, hasta abrió su arqueológica maleta y nada…

Viendo el revisor el apuro, le dijo al pasajero:

– No se preocupe hombre, si no lo encuentra, por esta vez no pasará nada, no le haré pagar otro billete, tranquilo.
– ¡Gracias! –  Respondió el viajante recién-despierto, sin cesar en su desesperada búsqueda. – Pero no es pagar otro billete lo que me preocupa. ¡El problema que me angustia es que al despertarme no sé a dónde iba!

¿Cuántas veces pasamos la vida durmiendo en un tren y al despertar no recordamos hacia donde hemos encaminado nuestros pasos todo este tiempo?

¿Sabemos hacia donde nos encamina el billete que hemos comprado a lo largo de tantos años?

¿Tendremos la serenidad de despertar y reconocer el camino hecho y dibujar nuestro anhelado destino?

Viajar por la vida dormidos, hace que perdamos el placer del viaje, que pasemos de largo nuestra estación, o simplemente que olvidemos cuál era nuestro destino tan anhelado.

Despertar y recordar hacia donde íbamos… despertar y redibujar nuestra ruta anhelada.

Manos a la obra, y buen viaje, viajeros!

Santi

Nota: Muy cerca del antiguo castillo de Fountainbleu, hay un pequeño bistró que lleva su nombre, que os recomiendo, donde hacen un exquisito café. Allí, horas más tarde, resguardados de la nieve y el frío, alguien con un pasado increíble me dibujó en una servilleta el mapa de su inquietante vida y de su reciente ruta dormida.

Un nuevo viaje despierto estaba comenzando.

Abriendo puertas…

Hace días me perdí por una antigua librería del barrio judío de Girona. Eran ya casi las 9  y había anochecido. De hecho, ya hacía rato que no había nadie en el local. Hasta el dueño había desaparecido misteriosamente. Así, que viendo que aún quedaba un viejo farol encendido en el sótano donde yo estaba […]

Hace días me perdí por una antigua librería del barrio judío de Girona. Eran ya casi las 9  y había anochecido. De hecho, ya hacía rato que no había nadie en el local. Hasta el dueño había desaparecido misteriosamente. Así, que viendo que aún quedaba un viejo farol encendido en el sótano donde yo estaba leyendo, proseguí con mi atenta lectura de un interesante libro… aquí os dejo un trozo:

“En un pequeño pueblecito del sur de Inglaterra, sus habitantes habían mandado construir una cárcel nueva. Para probar su seguridad, en la que habían invertido especialmente, se les ocurrió retar al conocido mago “Houdini”. Le desafiaron a ver si era capaz de escapar de la cárcel, sin ayuda de nadie más, que de su singular talento. Y por supuesto, el mago aceptó.

Y el día llegó. Había una gran expectación en todo el condado. Houdini había llegado al pueblo con una semana de antelación. Quería estudiar muy bien sus posibilidades. Finalmente, a las 12 en punto, fue encerrado en la celda con más seguridad de la prisión.

Estuvo una hora, dos horas, tres horas, y no había manera. Ni siquiera las microherramientas que llevaba escondidas le sirvieron para su propósito. Finalmente, agotado, sudado y lleno de rabia se dio por vencido; y pensó que realmente era aquella la cárcel más segura que había visto jamás… y se rindió, pues pensó que de ninguna manera podría escapar de allí.

Triste y desolado por su fracaso, se apoyó sobre la enorme y pesada puerta de hierro para descansar de su fatiga , y cual fue su sorpresa que ésta, de pronto se abrió al apoyarse sobre ella. Los habitantes de aquél pueblo le habían dado una lección, pues no habían pasado el enorme pasador que la cerraba.

La puerta, solo estaba cerrada y era infranqueable, en la mente del mago: solo estaba cerrada en su mente”.

Cuántas veces los obstáculos los ponemos nosotros mismos? Cuántas veces los problemas sólo están en nuestra mente?
Quizá ha llegado el tiempo de darnos más oportunidades y de convertirnos en nuestros propios aliados.
Quizá ha llegado el tiempo ya de que creamos más en nosotros mismos y en nuestros anhelos, y menos en los obstáculos que nos impiden?

Espero que os haya gustado, tanto como a mí… desde una noche de primavera en Girona.

Santi